lunes, 6 de octubre de 2008

PUENTE ALMINA



El hombre que acaba de descargar la mercancía es un hombre cargado de buena fe, tendero desde que tuvo uso de razón. Dispone de una parada en el Mercado de Abastos del Puente Almina y todos los días se le ve trajinando, con su destartalada y viejísima carretilla con plataforma de madera roída casi íntegramente, por los sótanos del mercado. Transporta la mercancía desde el muelle de carga ubicado cerca del acceso desde el muelle de pescadores. Es un vendedor nato de pescado y marisco.
Siempre anda acompañado de un joven moro de tez oscura y ojos profundamente inquietos. Tan flaco es el pobre moro que los pantalones le cuelgan horriblemente holgados y estéticamente inadecuados como vestimenta menos apropiada. No es que lleve los pantalones bombachos típicos de los árabes, esos que tienen las perneras abombadas como si tuvieran un enorme “paquete” viril. Son pantalones de cinco tallas arriba de la que le corresponde. Se los sujeta, casi bajo los sobacos, con una cuerda tranzada que le da la apariencia de un ser de otro mundo: mucha pierna y nada de tronco.
Arriba, en el puente que cubre la entrada a los sótanos del Mercado, un viejo ocioso mira y remira el movimiento de los trabajadores bajo sus pies. De vez en cuando otea el puerto pesquero, como si estuviera esperando a alguien conocido. A lo lejos el transbordador, que ya ha cruzado la bocana, levanta la estela tras su “patosa” popa en la que se adivina los morros de camiones embarcados.
La hermosa fuente del centro de la plaza que configuran el puente, el edificio Trujillo y los jardines de San Sebastián delante de la fachada del Mercado, prosigue su particular danza del agua con variaciones anómalas debidas al vientecillo que de vez en cuando osa romper su armonía y que levanta alguna que otra exclamación soez de quién tiene la desgracia de circular cerca de la misma.
Los verdes autobuses, entre los que se cuela algún que otro pintado como un tomate maduro con techo de un amarillo enfermizo, y que llevan a la gente a Benítez y Benzú reposan su cansino andar en la acera de los Jardines de San Sebastián a la espera de que sus conductores recomiencen el lento camino hasta sus destinos respectivos. Un grupo de moras aguardan, con sus bultos cargados de impensables objetos y alimentos, a que les abran las puertas de los autobuses mientras el vetusto y hierático reloj del viejo edificio de abastos marca sistemáticamente los minutos de las horas.
Una lozana moza cruza la calzada de manera soberbia levantando prestos silbidos de un grupo de soldados, que van o vienen de no se sabe donde, y que aguardan intranquilos a que el sargento acabe su café, que está tomando tranquilo en el bar del interior del mercado, con la esperanza de que un oficial pase ante ellos y descubra la holgazanería del sargento. Vana esperanza por cuanto no pasa ni un suboficial.
Un poco más arriba, en el Revellín, un grupo de chavales anda largando bromas a un pobre moro vagabundo que arrastra su mísera y maltrecha pierna por los duros adoquines del bulevar dirigiéndose a duras penas hacía “El campanero”, mientras las innumerables tiendas de relojes, paraguas y demás chucherías típicas de los bazares, ofrecen su mercancía a través del silencio de los comerciantes hindúes que copan la mayoría de las tiendas. Los escaparates de esas tiendas parecen un maremágnum de artículos sin ninguna utilidad, pero que sin embargo gruesas matronas y severos señores adquieren como quien compra fideos.
Un moro que ya no es joven pero que tampoco es viejo anda transportando cajas de cartón repletas de tabaco entre una cochambrosa motovespa, que parece un huevo con ruedas apoyado en las espumadera, y el estanco ubicado en los Jardines de San Sebastián, el primero según se entra desde la Marina, cuyo usufructuario es un hombre de pelo blanquísimo que aparenta una edad que no tiene. La faena del mozo, en el acarreo de los paquetes, es contemplada fijamente por las diferentes estatuas desperdigadas alrededor del estanco… mientras África mira hacía el Peñón de Gibraltar, Trabajo sonríe ante los esfuerzos del estanquero y Comercio respira tranquilo al ver que el estanco se llena de mercancía. Las otras estatuas están más lejos y no notan ese ajetreo.
El guardia urbano, encargado de dirigir a los escasos vehículos que circulan por la plaza, acaba de sacarse su blanco salacot de la cabeza y con su ya menos blanco guante se seca el sudor de su frente donde una incipiente calvicie le produce escalofríos cada vez que se mira en el espejo de cualquier lavabo. La chaqueta del uniforme, blanca inmaculada hasta entonces, ya comienza a sufrir los estragos de la sudoración tras minutos bajo un sol, extrañamente brillante en pleno diciembre, mientras sus pantalones, impecablemente planchados por la parienta, muestra esa ridícula cinta roja, en doble fila, cosida en los lados.
El “Victoria” acaba de dejar, antes de volver a Algeciras, en el muelle de España hace ya media hora a cientos de pasajeros que ya cruzan presurosos la plaza en busca de toda clase de baratijas electrónicas, maravillas del momento. Uno lleva a duras penas una enorme radio de caja de madera con frontis de tela parda y enormes diales que marcan las horas radiofónicas (ondas) con esa huidiza aguja que se empeña en no estarse quieta, mientras su parienta, puede ser que no lo sea pero parece, carga con sendos paraguas de negras telas impermeables que parecerían auténticas tiendas de campaña si se abrieran. Muchos de los venidos allende el charco comentan lo bonito que son sus relojes enseñándolos a todo quisque que se les pone por delante. Una señora gruesa y emperifollada luce en sus muñecas sendos aros, afirma a sus compañeros que es auténtico de oro blanco el material con el que están realizadas.
Entretanto, el hombre del Mercado comienza a distribuir su mercancía marina por la superficie del mostrador-estante…

ESTACIÓN DE AUTOBUSES



La mañana se presenta fría, un fuerte viento barre las calles de hojas caídas la víspera, arremolinándolas en los rincones sin salida y haciéndolas girar una y otra vez sobre sí mismas, en una especie de órbita alrededor de la nada.
El autobús de “La Valenciana” hace rato que acaba de llegar, provinente de Tetuán, vomitando pasajeros en su mayoría marroquíes y cargados de bultos. Muchos de los pasajeros vienen con baratijas, cazos, teteras, cafeteras… todo de cobre. El objetivo de esta gente, al viajar a la ciudad, es negociar con los ceutíes cambiando los objetos por ropa, usada pero en buen estado. Una mujer madura, cargada con un enorme bulto en el que se adivina trozos de carne, encamina rápidamente sus pasos calle Padilla abajo.
El autobús de “La Valenciana” hace la competencia al tren que une Ceuta con Tetuán, aunque hay otros autobuses que cubren las diferentes localidades del Protectorado, es el trayecto más usado y el trasiego de pasajeros y bultos es enorme. Algunos soldados de alta graduación utilizan también el transporte por carretera que presta esa compañía de nombre levantino.
Una chica árabe, de unos 19 años, anda como perdida dando vueltas y vueltas por la acera que corre a todo lo largo de la Estación de Autobuses del paseo Colón. Es una chica joven, de oscuros ojos como el azabache, bastante agraciada de rostro y a pesar de las gruesas ropas que la envuelve, se adivina propietaria de un voluptuoso cuerpo.
Esta chica, antes de venir a Ceuta residía en Xauen y había sido repudiada por su familia al descubrirse que quería mantener relaciones con un cabo del Ejército español del que está perdidamente enamorada, padece un drama que sólo puede ocurrir en personas inmersas en inmundo totalmente desconocido y sin un duro encima. Está desesperada porque lleva más de dos horas esperando a su amor, que le había prometido recogerla en su casa.
Un anciano decrépito, que suele dar vueltas por la Estación de Autobuses en espera de no se sabe qué, observa interesado la discusión de dos hombres de largas barbas canas. De vez en cuando sus ojillos, surcados de venillas rojas y rodeados de piel totalmente arruinada, se alegran para luego apagarse al instante cuando el fez (tarbush), de uno de los hombres, comienza a bailar en la cabeza debido al vibrante movimiento que imprime a su cuerpo con el acaloramiento de la discusión. Como por arte de birlibirloque nunca se le llega a caer. Esto hace que el anciano se desinterese de la discusión, que por otro lado no entendería de ninguna manera… no sabe bereber, a pesar de haber vivido bastante tiempo en su mundo. Esa lengua camítica le suena a chino.
Gira sobre sus talones para dirigirse al bar del otro lado del paseo y tropieza con una mora que anda en un sin andar. Ya la había observado antes de entrar como espectador en la discusión que seguía poco más allá. Como viejo gato que era, ya había notado la desesperación en el bello rostro de la marroquí. No quiere entrar en divagaciones ni quiere entrometerse en asuntos ajenos. Sólo era un observador nato, una especie de “voyeur” como decían los franceses del otro lado del Protectorado, cerca de Alcazarquivir, el “Gran Palacio” como traduce su nombre en árabe Al-Qasr Al-Kabir, donde había pasado mucho tiempo recorriendo las colinas que rodean la ciudad cercana a Larache, vadeando de vez en cuando el río Lucus, cuando estaba destinado en Regulares de guarnición allá.
La chica sigue desesperada, sus pensamientos vuelan hacia Xauen, Shifshawen para los rifeños. Empieza a echar de menos las estribaciones de las montañas del Rif, recuerda los dos picos, que se divisan claramente desde la casa familiar de donde la han expulsado, picos que dan el nombre a la población. Su recuerdo se pierden en las pequeñas callejuelas de trazado irregular, que recuerdan a los pueblos andaluces, y casas encaladas con un ligero tono azul. Una furtiva lágrima salta por encima de la suave curva de su bello rostro, descubierto, y surca un camino hacia las comisuras de sus labios. El recuerdo de los suyos es demasiado vivo y su amor sigue sin aparecer, asustada como está, en un mundo nuevo y totalmente desconocido, lo necesita a su lado ya.
Mientras la Estación de Autobuses, ajena al pequeño drama que ocurre a su vera, prosigue su vida… lejos de allí, en el Serrallo un hombre joven encamina sus pasos hacia el acuartelamiento cercano. Lleva el uniforme de regulares con el galón de cabo y su cabeza está ocupada en el próximo ejercicio cuartelero. Ni pizca de cédula cerebral se mueve en recuerdo de aquella mora a la que había prometido amor eterno en una de las callejuelas de la ciudad, considerada durante mucho tiempo, como sagrada y donde se prohibía la entrada a extranjeros, hasta que los españoles la abrieron al mundo al instaurar el Protectorado concedido por la Conferencia de Algeciras (1906)…

EL CHORRILLO (I)



Corre 1952, cabe destacar la calma chicha que impera en las dos bahías como son conocidas en Ceuta la zona norte y sur del mismo mar Mediterráneo que la rodea. La zona norte, en la que se divisa en lontananza el Peñón de Gibraltar y la costa de la península Ibérica, tiene playas que habitualmente casi no son apreciadas por la inmensa mayoría de los ceutíes, en parte porque es una costa agreste hipotecada por el puerto de la ciudad y en parte porque sus aguas son mucho más frías que en la bahía sur.
La bahía norte es reservada específicamente para estancias largas en las playas más alejadas del centro de la ciudad, como Calamocarro y Benzú; normalmente la gente ceutí acude a la playa de Benítez, preferentemente los vecinos de los alrededores de la misma, ocupando los mínimos espacios que dejan libres las concesiones de casetas militares, que casi copan toda la playa en un auténtico alarde de abuso de poder. Más al este, se encuentra la playa de San Amaro, semiescondida entre el inicio del muelle de Alfau y la muralla que conforma la carretera de acceso al Cementerio. El acceso a esta playa se realiza a través de un agujero abierto en un muro antiquísimo.
La bahía sur dispone de playas buenas y otras no tan buenas. La playa del Tarajal está formada por una estrecha franja de arena negra y detritus terráqueos, jalonada cada cierta distancia por rocas como minúsculos cabos que se adentran en el mar. Las peñas abundan mar adentro. A continuación viene la pequeña y pedregosa playa de La Almadraba, con sus rocas, factorías de salazones y redes atuneras que le dan nombre. Por el lado más al norte de la bahía sur, ya cerca de las estribaciones del monte Hacho, existe la playa del Sarchal, playa que no tiene de nombre más que una escuálida zona conformada, como todo el resto de esa zona costera, por cantos rodados de todos los tamaños y pulidos desde tiempos inmemoriales por la fuerza de las olas. Acceder a la playa del Sarchal ya es toda una aventura por cuanto hay que descender por el inestable acantilado o bien cruzar túneles no habitualmente concurridos. Poco más allá, cerca de la cárcel de mujeres, existe un túnel iluminado de uso exclusivamente para los militares y sus familiares. Otro descarado abuso de poder de la época.
Por el centro de la ciudad destaca la playa de La Ribera que no es en realidad una playa. Está ocupada en su mayor parte por factorías conserveras y el resto de la zona se encuentra invadida por barcas pesqueras de todos los tamaños y hechuras. Algun que otro taller de maestros calafates y unas pequeñas cabañas completan el paisaje, deprimente por sí mismo.
Salvando el pequeño baluarte que se extiende hacía el mar en la parte sur de la mencionada playa de La Ribera, conocido como Baluarte de la Peña, se extiende una estrecha playa de gris y negra arena de larga tradición entre los caballas de todos los tiempos. Es la playa del Chorrillo que se extiende desde el ojo del puente de Nuestra Señora de África, bajo el que fluyen las aguas del foso, hasta cerca de La Almadraba donde cambia de nombre a favor del de la barriada.
Se accede a la playa por una escalera ubicada en uno de los laterales del foso, cabe la gasolinera de la Shell, una de las primeras de Ceuta, y que desciende bajo el puente hasta una especie de plataforma como un muelle de cemento. Esta especie de muelle de cemento, en la parte donde reposan los arcos del puente, está transformado en un inmenso cuarto de servicios al aire libre donde muchos de los bañistas masculinos hacen sus necesidades a la vista de otros y donde se cambian la vestimenta por el traje de baño y viceversa en una clara demostración de exhibicionismo pacato. Los mojones de mierda siembran al completo la propia plataforma y el hedor que despide se extiende hasta más allá del acceso, únicamente tamizado por los vapores de los combustibles de la cercana gasolinera. Muchos sofocos producen a las señoras y señoritas que pasan por una especie de corredor tras los arcos del puente, arcos que la gente joven e insensata osan escalar usándolos como acceso al trampolín que creen ver en el cuadrante norte del arco frente a la bahía sur que da al mar. Los escalofriantes saltos que dan tienen trazas de ser mortales, dada la escasa profundidad de las aguas del foso y la altura de la base desde donde se arrojan, en una primigenia edición de “puenting” pero sin cuerdas de seguridad.
El Chorrillo es la playa más concurrida de todas las de la ciudad, dispone de un chiringuito habitualmente completo de gente que se pasan horas y horas bebiendo la popular y excelente cerveza ceutí de nombre tan llamativo como es “África Star”, siempre acompañada por las tapas, espectaculares y sabrosas, que sirven con soltura. Delante del chiringuito se extiende una plataforma de madera con mesas y sillas de tijera, totalmente ocupadas por familias enteras de bañistas, que a la vez copa buena parte de la playa, casi hasta la orilla. Detrás y a los lados del chiringuito y sobre plataformas de listados de madera se encuentran las casetas-vestuarios, de pago, con los típicos decorados de todas las playas de la época y de siempre: franjas verticales azules y blancas.

UNA JORNADA EN EL APOLO



El tiempo se está poniendo de acuerdo, por fin, con la estación que le corresponde. Después de un largo período de tiempo en que el veranillo se ha obstinado en no ausentarse ya podemos notar en nuestro cuerpo un poco de frío, por lo que no desentonará nuestras coordenadas de siempre.
He acudido a una de las salas de cinema del Parque Comercial de Mataró (Mataró Park) para ver una película y pasar la tarde de un festivo aburrido.
Mientras visiono la película, cuya trama ha dejado de ser interesante, mis recuerdos me llevan a un tiempo y un lugar alejados bastante de mi posición actual. Es como si cruzara a través de un túnel del tiempo y me situara plantando los pies en la ciudad que me vio nacer…
Acabo de regresar de la península, concretamente de Ronda, a donde había salido con el equipo de fútbol para el correspondiente partido. Me he dirigido a mi casa para cambiarme de atuendo y descansar un poco del mareante viaje. He redactado mareante porque entre el barco “Victoria” cruzando un estrecho malhumorado y con ataques del baile de San Vito y el renqueante autocar de la empresa Portillo tirando por carreteras malísimas y con más curvas que la Marilyn Monroe no han dado opción a que el cuerpo de los jugadores descansen físicamente bien.
Me he despertado bruscamente zarandeado como si una especie de furioso terremoto asolara mi cama. Es mi querida abuela que me despierta según le pedí antes de embotarme en la siesta. Al menos podía haber sido un poco más sutil al despertarme, pero ya está.
Después de arreglarme convenientemente y peinarme adecuadamente, ensuciando el cabello con esa pringosa brillantina, me largo en busca de la novia que deberá estar enfadada por mi falta de puntualidad.
La encuentro, como siempre, esperándome en la Plaza de Azcárate, nos hemos saludado un poco fríamente y no han pasado ni treinta segundos cuando ya viene la bronca de rigor. Está enfadada porque he llegado media hora tarde a la cita y como no nos hemos visto desde el viernes, estaba intranquila.
La he tenido que reconfortar con una merienda en el cercano Nieto y se ha alegrado un poquito al invitarla al cine para este anochecer. He pedido al camarero que me dejara el diario y, mientras me tomo la cerveza Estrella de África (África Star), paso revista a la cartelera de películas. Leo la página, con sus habituales errores de imprenta a que nos tiene acostumbrados, correspondiente a espectáculos y noto que destaca el anuncio de una película en el cine Apolo. Se lo comento a mi novia que acepta encantada, aunque a mí me suena a cachondeo patrio. Se trata de “Bienvenido Míster Marshall”, con Manolo Morán y Pepe Isbert de protagonistas.
El paseo que estamos dando calle Real abajo es gratificante. Los comercios siguen a su ritmo con abundancia de clientes, sobre todo en las tiendas ubicadas frente a la iglesia de Los Remedios, en una de las cuales saludo a mi primo Álvarez, preguntándole por su negocio. Le va bien, ha vendido a los paraguayos casi la mitad de las existencias, un cuarto a los moros y el otro cuarto lo deja para mañana. Piensa cerrar pronto porque le apetece hoy.
Llegamos a la altura del Instituto Nacional de Previsión y saludo a Emilio, que acaba de salir del edificio. Va también al cine Apolo y me dice que nos encontraremos en la puerta mientras va a buscar a su novia. Ya somos cuatro. Seguimos nuestro lento paseo y cruzamos la plaza de los Reyes, ocupada ahora por una mini-feria con sus carruseles, luminancia estrambótica y parafernalia sonora que debería estar dejando más neurótico de lo que está al titular de la cercana iglesia de San Francisco. Dado que nos sobra tiempo, entramos en el Casino Militar, donde nos conocimos durante uno de esos bailes de sociedad, en cuya barra tomamos de nuevo sendas cervezas bien frías a las que acompaña una tapa de esos pulpos que me gustan tanto. Cortaditos en finísimas rodajas y ahogados en salsa mayonesa. Son magníficamente comestibles.
Ya es hora de acudir al cinema. Al lado mismo del Casino Militar. El viejo edificio, creo que data de 1916, que acoge al Cine Apolo está iluminado tenuemente por los últimos rayos del astro rey que parece tener prisa por ocultarse allá detrás de las montañas que configuran a la Mujer Muerta (yo prefiero decir Mujer Dormida). Entramos en el vestíbulo casi vacío y damos una vuelta al mismo observando las fotos de las películas que anuncian para próximas sesiones. Algunas de ellas destacan por su fuerte contraste y otras parecen tamizadas por una lámina de papel transparente. Por fin viene Emilio y su novia Juanita. Nos acercamos a la taquilla; una esplendorosa mujer, con uniforme azul tirando a morado y un horrible cuello de solapa blanca, nos atiende obsequiosamente. Es nueva esta taquillera, no la conozco pero no me atrevo a preguntarle sobre la que siempre está en la taquilla, a lo mejor se ofende. Todavía queda media hora para que comience la sesión y acordamos ir al bar “La Viña” para tomar unas cervezas.
Entramos en la sala llamada Platea, para diferenciarle del gallinero supongo. Las butacas, forradas con terciopelo color granate -imagino que será la misma tela con la que está confeccionado el telón que cubre la pantalla-, están casi todas con el asiento levantado. Apenas hay espectadores, casi los puedo contar con los dedos de la mano sin refuerzos. Nos sentamos en la que nos tiene asignada la numeración de nuestros tickets y que resultan estar situadas exactamente en el centro de la sala, ni muy lejos ni muy cerca de la pantalla. Justamente donde siempre he preferido. Mientras hablamos de nuestras cosas comunes, un destello luminoso nos avisa del comienzo de la tanda de anuncios horriblemente confeccionados por el publicista local. El encargado del proyector ha comenzado la tanda antes de que se abrieran los dos telones, el principal y el secundario, éste de tela blanca más fina. Ha diferencia del nuevo cinema África, la pantalla del Apolo no es panorámica (cinemascope se dice). Las luces comienzan a temblar parpadeando hacia abajo, es decir apagándose lentamente. La oscuridad va ganado terreno aunque mitigada por el resplandor de la pantalla…

PASEO DE LAS PALMERAS


El chaval, de unos 17 años, estaba asomado a la baranda del Paseo de las Palmeras que daba al puerto pesquero y observaba el movimiento que hacían los marinos al atracar sus barcos. De vez en cuando gira sus verdes ojos hacía el agua, que golpea el paramento bajo sus pies, y recorre con su mirada el lento nadar de los peces que se acercan valientemente al mismo borde de los muros en busca del sustento.
No sabe distinguir la clase de peces que admira en esos momentos. Está haciendo en realidad un esfuerzo para reprimir la intranquilidad que le cubre ante la tardanza de su amor. No puede fumar porque se encuentra sin calderilla; ni una mísera “perra gorda” reposa en ninguno de sus bolsillos; “perra gorda” que muy bien le vendría para comprar un “chester” y disfrutar deleitándose con el humo que asciende en revoltosas espirales hacía el cielo.
El Paseo de las Palmeras sigue llenándose de parejas y grupos de gente joven de ambos sexos. Es el lugar habitual de los paseos sabatinos y domingueros de la gente joven ceutí, mientras por su calzada trasiegan vehículos de toda clase y tamaño soltando por sus tubos de escape negros humos. Los reclutas pasean con sus uniformes y su lustrosas botas; algunos van acompañados de chiquillas de muy buen ver, pero chiquillas aún. Algún que otro maduro matrimonio recorre la acera en un ir y venir sin cuento. Parecen perdidos en la maraña de gente joven pero sin embargo pasean con el porte de grandes señores.
El aroma de perfumes baratos gana por goleada a los perfumes caros; allá va uno que parece bañado en “Varon Dandy”, con el pelo repeinado y tan brillante que se diría habría sido “abetunado” por Rafa el Limpiabotas. Está embadurnado, su cabello y el de otros muchos ceutíes, con esa brillantina aceitosa que esta de moda.
Las chicas mayores van trajeadas con esas faldas de tubo que acentúan sus curvas y arrancan silbidos y piropos de cuantos se cruzan con ellas. Van perfumadas con “La Maja de Goya” y en verdad que van hechas unas “goyas”. Siempre pasean en grupos, cogidas de la mano aquellas que no tienen pareja masculina. Para ser pareja de una mujer ceutí y cogerla de la mano tiene que ser el novio forzosamente… o el marido. Las chicas mayores llevan pintados sus ojos con “rimmel” tan negro como el carbón y sus labios tan rojos como la sangre. Todavía no se había inventado el “wonderbra” pero lucían unas turgentes sugerencias que ni falta les hacía.
De vez en cuando un autobús cruzaba a lo largo del Paseo cargado de reclutas regulares de retorno al cuartel. Las burlas, befas, saludos… de los reclutas de a pie se sucedían a lo largo del lento caminar mecánico del renqueante autobús. Recibían cortes de manga que si se llegan a alargar un poco más, revientan las lunas de las ventanillas del autobús.
Cientos de chiquillos pasean en grupos alborotando el cotarro palmeral. Comen pipas de girasol cuyas cáscaras escupen descaradamente hacia delante de ellos; otros lo hacen exactamente igual, pero con altramuces a los que llaman “chochos”; algún que otro chiquillo mueve las mandíbulas de una manera tan vigorosa con la intención de hacer trizas el duro bloque de chicle “Bazooka” que se meten en la boca. Mientras una anciana vendedora, sentada en un taburete, espera a que alguien le compre unos higos chumbos lustrosos y verdosos erizados de pinchos, un moro adoba trozos de carne de cabrito para preparar los pinchos que sirven en el bar del otro lado del Paseo.
Un par de legionarios pasean de manera chulesca soltando piropos inclasificables y haciendo sonrojar a las chicas. De vez en cuando miran con inquina al pobre recluta que se les cruza mirándoles, a la vez, a los ojos… el inocente recluta parece ignorar la que se avecina si se le ocurre provocarles. No pasa nada y los legionarios siguen su firme pasear golpeando las baldosas con fuertes talonazos. Desaparecen en el bar que existe al lado de la trasera del Templo Expiatorio.
Algunos jóvenes se acercan al comercio del representante oficial de la Fiat y admiran el nuevo modelo que es toda una novedad: un majestuoso “milquinientos” con unos cuernos que recuerdan al toro de Osborne.
Mientras tanto, el Paseo de las Palmeras sigue llenándose…

JARDINES DE SAN SEBASTIÁN


Estoy digitalizando fotos, fotos antiguas y no tan antiguas, para configurar un álbum digital que resulta a todas luces muy útil y ocupa un reducidísimo espacio en cualquier lugar donde lo guarde. Mientras escaneo miles de fotos noto que algunas de ellas me traen tantos recuerdos que reavivan la nostalgia de aquellos tiempos y producen un efecto de retroceso ficticio en el tiempo y en el espacio. En el tiempo porque han transcurrido ya cuarenta y tres años y en el espacio porque la transición, de un ambiente social reducido a otro mucho más extenso y multidisciplinar, no es de pequeña dimensión.

Al mismo tiempo en que efectúo la titulación de las fotos, mi cerebro se adentra por un oscuro túnel con estrías elípticas que me conducen irremediablemente al pasado. No un pasado lleno de resquemores; de lamentaciones por los efectos colaterales de la hecatombe pasada por el país; de ganas de retroceso semántico en las formas de tratar los artículos de manera nostálgica… simplemente es un intento de recordar tiempos y hechos pasados que por su intencionada singularidad merecen ser recordados.
Me encuentro sentado en uno de los bancos del reducido espacio que componen los jardines de San Sebastián, observando los movimientos de un ceutí de etnia árabe que anda trajinando entre un motocarro Vespa y el quiosco de periódicos del lugar. Lo conocemos por “Chato”, aunque siempre quiere que lo llamemos Mohamed ante lo que le rebatimos que existen millones de Mohamed, y es de una actitud servicial y amable. Por cierto que “Chato” estuvo recientemente unos días en Barcelona buscando no se qué… se volvió “espantao” a Ceuta y no supe más de él.
Abajo, en el acceso a los sótanos del mercado, la gente efectúa movimientos de vaivén de manera mecánica transportando mercancías que producen ese característico olor de los viejos mercados de antaño. Aromas cebolleros, ajeros, apieros, olor a naranjos en flor, peste nauseabunda a pescados podridos, pufos insultantes de carnes corrompidas… en resumen: un cóctel de olores típicos de cualquier mercado de abastos
Resuelvo pasear hasta el puerto andando por el Paseo de las Palmeras mientras los vehículos pasan en los dos sentidos de la calzada. Un renqueante autobús, de un rojo descolorido con el techo pintado de un amarillo enfermizo tirando a beige y pleno de gente con cara de asco, pasa justamente pegado al bordillo de la acera muy cerca de mis pasos. Un potente agente de infección atmosférica, en un claro atentado contra el ecosistema, escapa por el negrísimo tubo que asoma por la trasera del cacofónico vehículo y consigue introducirse por los dos agujeros que tengo bajo mi nariz. Un sofoco mortificante penetra en mis pulmones obligándome a girar un cuarto y dirigirme resuelto a la pétrea baranda del paseo. Aspiro con fuerza el aire, con flujos marinos que me llega del puerto, previos intentos de expulsar el dióxido de carbono, que es un óxido cuya molécula contiene dos átomos de oxígeno y que resulta ser un gas más pesado que el aire, incombustible y asfixiante que, por la combinación del carbono con el oxígeno, se produce en las combustiones y en algunas fermentaciones.
Repuesto del pequeño percance respiratorio y consiguiendo enfocar perfectamente mis retinas, continúo el andar sobre las baldosas del Paseo mirando, con una especie de odio, al autobús cuyo pedo ha estado a punto de tumbarme. En ese mismo instante pasa por mi lado ese incansable vendedor de chucherías, al que conocemos como “El Bizco” (nunca delante de él) con su capazo lleno de caramelos pinchados con un palito, manzanas embadurnadas de caramelos también apuñaladas con palitos de madera, “chochos” (altramuces ¡eh!) y otras pringosas materias de supuesto destino comestible y no menos supuesto nido de microbios insanos. Anda el tío con la gota gorda del sudor, pese a que estamos en enero, correteando por su rubicunda cara y asomando la punta de la riada por entre sus ralos cabellos peinados en torrente abajo. Me pregunta que cómo andamos…
Ha transcurrido el tiempo demasiado rápido, como si quisiera hacerle la competencia a los vehículos que circulan por la calzada, y ya me encuentro en el puente del Cristo, después de sortear a un extenso grupo de reclutas que compran cigarrillos en el quiosco que está al principio del mencionado puente. Abajo en el foso, unas barcas surcan sus tranquilas aguas mientras un grupo de lobarros (peces teleósteos marinos, del suborden de los Acantopterigios, de siete a ocho decímetros de largo, cuerpo oblongo, cabeza apuntada, boca grande, dientes pequeños y agudos, dorso azul negruzco, vientre blanco, dos aletas en el lomo y cola recta. Vive en los mares de España y su carne es muy apreciada) huyen desesperadamente en dirección al puerto.
Una anciana, con la cabeza cubierta por un negro velo, ora ante el Cristo con una atención hipnótica que muestra a las claras su aflicción crónica por no sé que desgracias y que aumenta el carácter del sufrido Hombre clavado en la cruz y encerrado entre rejas como un vulgar delincuente. O bien las altas autoridades eclesiásticas tiene miedo de que se escape, resucitando de paso, o bien que alguien cometa el acto sacrílego de robarlo con no sé que oscuras intenciones. Un día de éstos indagaré quién fue su autor y porqué está exactamente ahí.
La sirena de un buque me vuelve a la realidad. A través de la ventana de mi casa entra el bocinazo de un encolerizado conductor que me saca del ensimismamiento al que me ha conducido mis recuerdos… no pasa nada. Sigo con mis fotos.

TENIENTE RUIZ


La mañana viene vestida de lujo, el sol difunde su potente luz en un alarde nuclear que hace arder cabezas y calienta los tejados donde se pueden freír huevos. El único agente contaminante del límpido cielo azul es el humo que suelta una renqueante furgoneta de tres ruedas, una moto-vespa con cabina cerrada y una plataforma de carga de un metro cuadrado, llena de paquetes de muy diverso contenido y procedencia. Quema el fuel horrores y el negro humo se cuela por los huecos de los ventiladores humanos, esos por donde respiran y expiran. La moto-vespa está subiendo Camoens arriba y la estela que deja tras su roto tubo de escape produce una niebla tan espesa que hasta el cabo furriel, cargado con sobre de pagas y que espera a que le abran la puerta del edificio de enfrente a la plaza del Teniente Ruiz, se tambalean sobre sus talones mientras sus ojos se llenan de lágrimas, no de pena, y sus labios entreabren la boca en un esfuerzo por expulsar las partículas quemadas de aceite y petróleo que ha aspirado segundos antes.

Poco más debajo de la explanada de la recoleta plaza, donde se encuentra el busto de aquel bravo teniente que defendió Madrid el 2 de mayo de 1808 y que murió en Trujillo (Cáceres) en 1809 junto a un Luís que tiene su calle justo debajo de la plaza girando a la derecha, sevillano éste último de pura cepa y que murió defendiendo lo mismo que defendía Jacinto, que es el nombre a quién se hace el honor de levantar el busto mencionado al principio de éste párrafo. Junto a los dos también estaba uno que tiene su calle al otro lado, más cercana a la bahía sur y que es conocido por Pedro, natural de Murieras (Cantabria), de la misma edad que Jacinto, ambos doce años más jóvenes que Luís… bueno, basta de historia y como creo que ya lo sabrán estoy mencionando a Jacinto Ruiz y Mendoza (1779-1809); Luís Daoiz Torres (1767-1808) y Pedro Velarde Santillán (1767-1808).
Como escribía al principio, en el segundo nivel de la mencionada y recoleta plaza, un grupo de niños están jugando al fútbol en el improvisado “estadio” con una pelota de trapo. Pelota perfecta en su esfera gracias a la buena maña de uno de los críos que, ninguno, no superan los nueve años. Las porterías están dibujadas con irregulares trazos de tiza escolar en las fachadas de los dos edificios que limitan la subplazoleta. Los críos tienen que sortear, además de las piernas de los otros críos componentes del equipo contrario, una férrea e inmóvil defensa compuesta por numerosos árboles que se encuentran diseminados por toda la superficie de juego. Más de una vez, algún que otro chico se pega un tortazo con el duro tronco que acaba mandándolo a su casa entre lloriqueos de dolor. De vez en cuando, la pelota va a parar a la triple confluencia de Méndez Núñez, Daoiz y Antioco, el responsable del patadón tiene la obligación de bajar a buscarla. Regla no escrita pero acatada por todos.
De vez en cuando aparece un chico de unos doce años portando una novedad: un aro metálico que guía con un largo alambre doblado específicamente para ello. Es un chico alto, desgarbado, ni guapo ni feo, que luce un deslucido pantalón de lona y calza unas alpargatas tan sucias como su cabello. Nunca se mete con nadie, por lo que siempre es bien recibido por el grupo de los pequeños que le piden les cuente historias de su padre, el pescador.
Arriba, entretanto, unos señores de esos de traje y corbata van entrando en una especie de club existente a la izquierda, no visto por los ojos de la estatua que miran al frente, y que tiene un rótulo en el lateral derecho de la puerta que reza “Er contró” y nada más. Es un lugar donde se reúnen cada tarde abogados, doctores, funcionarios y administrativos y toda gente de clase media acomodada para pasar la tarde jugando al dominó o a las cartas en una atmósfera cargada de humo de los cigarrillos, cigarros y pipas y de aromas de café con leche, anises, coñacs y fritangas de las tapas que se sirven horas después, cerca de la noche. A veces se quedan jugando hasta altas horas de la madrugada. De vez en cuando organizan actos culturales con bailes de salón y actuaciones de artistas del cante jondo.
A lo lejos, por los entresijos que dejan los edificios, se divisa el trasbordador “Victoria” alejándose de la bulliciosa ciudad, marcando con su estela la división en dos de la bahía norte y enfilando su proa por el estrecho con unas ganas de embestir el Peñón a juzgar por el ímpetu con que rompe las olas. Son tiempos de “¡¡Gibraltar español!!”, grito extendido sobre las olas.