lunes, 6 de octubre de 2008

PASEO DE LAS PALMERAS


El chaval, de unos 17 años, estaba asomado a la baranda del Paseo de las Palmeras que daba al puerto pesquero y observaba el movimiento que hacían los marinos al atracar sus barcos. De vez en cuando gira sus verdes ojos hacía el agua, que golpea el paramento bajo sus pies, y recorre con su mirada el lento nadar de los peces que se acercan valientemente al mismo borde de los muros en busca del sustento.
No sabe distinguir la clase de peces que admira en esos momentos. Está haciendo en realidad un esfuerzo para reprimir la intranquilidad que le cubre ante la tardanza de su amor. No puede fumar porque se encuentra sin calderilla; ni una mísera “perra gorda” reposa en ninguno de sus bolsillos; “perra gorda” que muy bien le vendría para comprar un “chester” y disfrutar deleitándose con el humo que asciende en revoltosas espirales hacía el cielo.
El Paseo de las Palmeras sigue llenándose de parejas y grupos de gente joven de ambos sexos. Es el lugar habitual de los paseos sabatinos y domingueros de la gente joven ceutí, mientras por su calzada trasiegan vehículos de toda clase y tamaño soltando por sus tubos de escape negros humos. Los reclutas pasean con sus uniformes y su lustrosas botas; algunos van acompañados de chiquillas de muy buen ver, pero chiquillas aún. Algún que otro maduro matrimonio recorre la acera en un ir y venir sin cuento. Parecen perdidos en la maraña de gente joven pero sin embargo pasean con el porte de grandes señores.
El aroma de perfumes baratos gana por goleada a los perfumes caros; allá va uno que parece bañado en “Varon Dandy”, con el pelo repeinado y tan brillante que se diría habría sido “abetunado” por Rafa el Limpiabotas. Está embadurnado, su cabello y el de otros muchos ceutíes, con esa brillantina aceitosa que esta de moda.
Las chicas mayores van trajeadas con esas faldas de tubo que acentúan sus curvas y arrancan silbidos y piropos de cuantos se cruzan con ellas. Van perfumadas con “La Maja de Goya” y en verdad que van hechas unas “goyas”. Siempre pasean en grupos, cogidas de la mano aquellas que no tienen pareja masculina. Para ser pareja de una mujer ceutí y cogerla de la mano tiene que ser el novio forzosamente… o el marido. Las chicas mayores llevan pintados sus ojos con “rimmel” tan negro como el carbón y sus labios tan rojos como la sangre. Todavía no se había inventado el “wonderbra” pero lucían unas turgentes sugerencias que ni falta les hacía.
De vez en cuando un autobús cruzaba a lo largo del Paseo cargado de reclutas regulares de retorno al cuartel. Las burlas, befas, saludos… de los reclutas de a pie se sucedían a lo largo del lento caminar mecánico del renqueante autobús. Recibían cortes de manga que si se llegan a alargar un poco más, revientan las lunas de las ventanillas del autobús.
Cientos de chiquillos pasean en grupos alborotando el cotarro palmeral. Comen pipas de girasol cuyas cáscaras escupen descaradamente hacia delante de ellos; otros lo hacen exactamente igual, pero con altramuces a los que llaman “chochos”; algún que otro chiquillo mueve las mandíbulas de una manera tan vigorosa con la intención de hacer trizas el duro bloque de chicle “Bazooka” que se meten en la boca. Mientras una anciana vendedora, sentada en un taburete, espera a que alguien le compre unos higos chumbos lustrosos y verdosos erizados de pinchos, un moro adoba trozos de carne de cabrito para preparar los pinchos que sirven en el bar del otro lado del Paseo.
Un par de legionarios pasean de manera chulesca soltando piropos inclasificables y haciendo sonrojar a las chicas. De vez en cuando miran con inquina al pobre recluta que se les cruza mirándoles, a la vez, a los ojos… el inocente recluta parece ignorar la que se avecina si se le ocurre provocarles. No pasa nada y los legionarios siguen su firme pasear golpeando las baldosas con fuertes talonazos. Desaparecen en el bar que existe al lado de la trasera del Templo Expiatorio.
Algunos jóvenes se acercan al comercio del representante oficial de la Fiat y admiran el nuevo modelo que es toda una novedad: un majestuoso “milquinientos” con unos cuernos que recuerdan al toro de Osborne.
Mientras tanto, el Paseo de las Palmeras sigue llenándose…

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