
Un suave viento, polar diría, viene directo de la montaña hacia el mar; ese mar azul, cuyas ondas palpitantes tratan de acariciar mis pies, ese mar tan transitado y con una historia de siglos de viajes y navegantes sobre su superficie; ejerce un poder fascinante sobre mis recuerdos que me hacen bogar imaginariamente, a través de sus aguas, hacia su confín, hacia el oeste, hacía su abrazo con un enorme océano a través de un estrecho paso delimitado por las columnas de Calpe y de Hércules. En ese estrecho paso se entrecruzan sus aguas con otras menos cálidas y menos salobres que se han ido despegando de la corriente del Golfo…
Estoy andando por la orilla de la playa del Tarajal. He comenzado en el límite justo de la frontera con Marruecos, poco más allá de donde tiene su Terminal el nuevo autobús de costados verdes y calva amarillenta que los ceutíes lo llaman “el de los diez mandamientos”, tal vez por la cantidad de pasajeros que puede transportar, acostumbrados como estamos a trasladarnos en los apestosos y desvencijados autobuses que la mayoría de las veces nos quedan pequeños.

He comenzado el paseo haciendo caso omiso a lo que ocurre allende las fronteras y en los pasos que cruzan miles de marroquíes en ambas direcciones. No he dado más que cien metros y ya encuentro, desperdigados por toda la playa, montones de envoltorios y paquetes obviamente vacíos. Soslayo como puedo ese caos incívico de basura y prosigo mi paseo hasta detenerme a unos metros de una cosa que se encuentra en el borde de la orilla y que de vez en cuando es alcanzada por las suaves ondas de una olas incipientes. Se trata del caparazón de una tortuga de grandes dimensiones que desprende un fortísimo hedor. No me atrevo a acercarme más, ya noto la carne tumefacta, fermentada, podrida que cuelga por las oberturas del caparazón y por las que asoman las patas de unos animalitos que se están dando un festín carroñero. Son unos negros cangrejos de los muchos que pululan por las cercanas rocas de la playa.
Después de dejar atrás el lúgubre banquete dando un estudiado rodeo, prosigo mi solitario paseo meditando sobre las diversas formas de perder la vida de los seres habitantes del globo terráqueo “porca miseria”. En algunos tramos de mi paseo he tenido que subir a la carretera y volver a bajar a la playa. Son esos tramos que están dominados por las rocas y sobre las que no intento caminar. No he venido a hacer de alpinista.

Poco a poco alcanzo la playa de la Almadraba y sentándome a escasos centímetros del agua diviso la peña donde años atrás nos sumergimos para depositar una estatua de la Virgen del Carmen. Bueno, estoy exagerando, yo no me sumergí ahí, no tenía la edad ni las fuerzas para aguantar sendas botellas de oxígeno. Fue mi padre que, junto con otros submarinistas, sí efectuó la inmersión en una fecha memorable… tan memorable que acabé “reventao” de tanta comida como se sirvió en la fiesta posterior al buceo. Era en un restaurante, cuyo nombre el tiempo se ha encargado de borrar de mis recuerdos, a la vera de las rocas sobre la playa. Se sirvieron toda clase de platos marinos y no tan marinos de los que comí como nunca en mi vida lo he vuelto a hacer, eso no se me olvida.
Hago un esfuerzo por desterrar esos momentos mágicos de la nostalgia y poder levantarme, antes de que la modorra de esos recuerdos me hunda en el sublime pozo de la siesta mañanera, para proseguir mi paseo. La playa, desierta hasta ahora, se ha ido animando poco a poco… las gaviotas me saludan con sus chillidos que ha veces resultan espeluznantes. Es un poco raro ver esas gaviotas aquí y por eso mismo trato de averiguar el motivo de ese cambio. El rincón no ofrece mucho campo para el ansía voraz de esas aves inasequibles. Ni siquiera el mar muestra sus frutos de manera provocadora… ¿entonces? Unos pasos más adelante descubro el motivo de esa invasión de pájaros habituales del otro lado del comienzo del istmo por el que estoy paseando: un cadáver anda tirado en medio de la arena con el vientre abierto. Son los restos de un perro de raza indefinida, desperdigados junto con trozos de pescados podridos, sobre el que aterrizan esas aves sobre las que ignoro si comerán esa carne putrefacta de cánido.
Mal que me pese, abandono el paseo bastante asqueado. Encontrarse uno con dos cadáveres, aunque sean cadáveres de animales bien distintos, corroe las entrañas de manera soez. Opto por caminar sobre el arcén de la carretera bordada con esos cúbicos mojones pintados de blanco.

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