

La mañana se presenta fría, un fuerte viento barre las calles de hojas caídas la víspera, arremolinándolas en los rincones sin salida y haciéndolas girar una y otra vez sobre sí mismas, en una especie de órbita alrededor de la nada.
El autobús de “La Valenciana” hace rato que acaba de llegar, provinente de Tetuán, vomitando pasajeros en su mayoría marroquíes y cargados de bultos. Muchos de los pasajeros vienen con baratijas, cazos, teteras, cafeteras… todo de cobre. El objetivo de esta gente, al viajar a la ciudad, es negociar con los ceutíes cambiando los objetos por ropa, usada pero en buen estado. Una mujer madura, cargada con un enorme bulto en el que se adivina trozos de carne, encamina rápidamente sus pasos calle Padilla abajo.
El autobús de “La Valenciana” hace la competencia al tren que une Ceuta con Tetuán, aunque hay otros autobuses que cubren las diferentes localidades del Protectorado, es el trayecto más usado y el trasiego de pasajeros y bultos es enorme. Algunos soldados de alta graduación utilizan también el transporte por carretera que presta esa compañía de nombre levantino.
Una chica árabe, de unos 19 años, anda como perdida dando vueltas y vueltas por la acera que corre a todo lo largo de la Estación de Autobuses del paseo Colón. Es una chica joven, de oscuros ojos como el azabache, bastante agraciada de rostro y a pesar de las gruesas ropas que la envuelve, se adivina propietaria de un voluptuoso cuerpo.
Esta chica, antes de venir a Ceuta residía en Xauen y había sido repudiada por su familia al descubrirse que quería mantener relaciones con un cabo del Ejército español del que está perdidamente enamorada, padece un drama que sólo puede ocurrir en personas inmersas en inmundo totalmente desconocido y sin un duro encima. Está desesperada porque lleva más de dos horas esperando a su amor, que le había prometido recogerla en su casa.
Un anciano decrépito, que suele dar vueltas por la Estación de Autobuses en espera de no se sabe qué, observa interesado la discusión de dos hombres de largas barbas canas. De vez en cuando sus ojillos, surcados de venillas rojas y rodeados de piel totalmente arruinada, se alegran para luego apagarse al instante cuando el fez (tarbush), de uno de los hombres, comienza a bailar en la cabeza debido al vibrante movimiento que imprime a su cuerpo con el acaloramiento de la discusión. Como por arte de birlibirloque nunca se le llega a caer. Esto hace que el anciano se desinterese de la discusión, que por otro lado no entendería de ninguna manera… no sabe bereber, a pesar de haber vivido bastante tiempo en su mundo. Esa lengua camítica le suena a chino.
Gira sobre sus talones para dirigirse al bar del otro lado del paseo y tropieza con una mora que anda en un sin andar. Ya la había observado antes de entrar como espectador en la discusión que seguía poco más allá. Como viejo gato que era, ya había notado la desesperación en el bello rostro de la marroquí. No quiere entrar en divagaciones ni quiere entrometerse en asuntos ajenos. Sólo era un observador nato, una especie de “voyeur” como decían los franceses del otro lado del Protectorado, cerca de Alcazarquivir, el “Gran Palacio” como traduce su nombre en árabe Al-Qasr Al-Kabir, donde había pasado mucho tiempo recorriendo las colinas que rodean la ciudad cercana a Larache, vadeando de vez en cuando el río Lucus, cuando estaba destinado en Regulares de guarnición allá.
La chica sigue desesperada, sus pensamientos vuelan hacia Xauen, Shifshawen para los rifeños. Empieza a echar de menos las estribaciones de las montañas del Rif, recuerda los dos picos, que se divisan claramente desde la casa familiar de donde la han expulsado, picos que dan el nombre a la población. Su recuerdo se pierden en las pequeñas callejuelas de trazado irregular, que recuerdan a los pueblos andaluces, y casas encaladas con un ligero tono azul. Una furtiva lágrima salta por encima de la suave curva de su bello rostro, descubierto, y surca un camino hacia las comisuras de sus labios. El recuerdo de los suyos es demasiado vivo y su amor sigue sin aparecer, asustada como está, en un mundo nuevo y totalmente desconocido, lo necesita a su lado ya.
Mientras la Estación de Autobuses, ajena al pequeño drama que ocurre a su vera, prosigue su vida… lejos de allí, en el Serrallo un hombre joven encamina sus pasos hacia el acuartelamiento cercano. Lleva el uniforme de regulares con el galón de cabo y su cabeza está ocupada en el próximo ejercicio cuartelero. Ni pizca de cédula cerebral se mueve en recuerdo de aquella mora a la que había prometido amor eterno en una de las callejuelas de la ciudad, considerada durante mucho tiempo, como sagrada y donde se prohibía la entrada a extranjeros, hasta que los españoles la abrieron al mundo al instaurar el Protectorado concedido por la Conferencia de Algeciras (1906)…

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