lunes, 6 de octubre de 2008

JARDINES DE SAN SEBASTIÁN


Estoy digitalizando fotos, fotos antiguas y no tan antiguas, para configurar un álbum digital que resulta a todas luces muy útil y ocupa un reducidísimo espacio en cualquier lugar donde lo guarde. Mientras escaneo miles de fotos noto que algunas de ellas me traen tantos recuerdos que reavivan la nostalgia de aquellos tiempos y producen un efecto de retroceso ficticio en el tiempo y en el espacio. En el tiempo porque han transcurrido ya cuarenta y tres años y en el espacio porque la transición, de un ambiente social reducido a otro mucho más extenso y multidisciplinar, no es de pequeña dimensión.

Al mismo tiempo en que efectúo la titulación de las fotos, mi cerebro se adentra por un oscuro túnel con estrías elípticas que me conducen irremediablemente al pasado. No un pasado lleno de resquemores; de lamentaciones por los efectos colaterales de la hecatombe pasada por el país; de ganas de retroceso semántico en las formas de tratar los artículos de manera nostálgica… simplemente es un intento de recordar tiempos y hechos pasados que por su intencionada singularidad merecen ser recordados.
Me encuentro sentado en uno de los bancos del reducido espacio que componen los jardines de San Sebastián, observando los movimientos de un ceutí de etnia árabe que anda trajinando entre un motocarro Vespa y el quiosco de periódicos del lugar. Lo conocemos por “Chato”, aunque siempre quiere que lo llamemos Mohamed ante lo que le rebatimos que existen millones de Mohamed, y es de una actitud servicial y amable. Por cierto que “Chato” estuvo recientemente unos días en Barcelona buscando no se qué… se volvió “espantao” a Ceuta y no supe más de él.
Abajo, en el acceso a los sótanos del mercado, la gente efectúa movimientos de vaivén de manera mecánica transportando mercancías que producen ese característico olor de los viejos mercados de antaño. Aromas cebolleros, ajeros, apieros, olor a naranjos en flor, peste nauseabunda a pescados podridos, pufos insultantes de carnes corrompidas… en resumen: un cóctel de olores típicos de cualquier mercado de abastos
Resuelvo pasear hasta el puerto andando por el Paseo de las Palmeras mientras los vehículos pasan en los dos sentidos de la calzada. Un renqueante autobús, de un rojo descolorido con el techo pintado de un amarillo enfermizo tirando a beige y pleno de gente con cara de asco, pasa justamente pegado al bordillo de la acera muy cerca de mis pasos. Un potente agente de infección atmosférica, en un claro atentado contra el ecosistema, escapa por el negrísimo tubo que asoma por la trasera del cacofónico vehículo y consigue introducirse por los dos agujeros que tengo bajo mi nariz. Un sofoco mortificante penetra en mis pulmones obligándome a girar un cuarto y dirigirme resuelto a la pétrea baranda del paseo. Aspiro con fuerza el aire, con flujos marinos que me llega del puerto, previos intentos de expulsar el dióxido de carbono, que es un óxido cuya molécula contiene dos átomos de oxígeno y que resulta ser un gas más pesado que el aire, incombustible y asfixiante que, por la combinación del carbono con el oxígeno, se produce en las combustiones y en algunas fermentaciones.
Repuesto del pequeño percance respiratorio y consiguiendo enfocar perfectamente mis retinas, continúo el andar sobre las baldosas del Paseo mirando, con una especie de odio, al autobús cuyo pedo ha estado a punto de tumbarme. En ese mismo instante pasa por mi lado ese incansable vendedor de chucherías, al que conocemos como “El Bizco” (nunca delante de él) con su capazo lleno de caramelos pinchados con un palito, manzanas embadurnadas de caramelos también apuñaladas con palitos de madera, “chochos” (altramuces ¡eh!) y otras pringosas materias de supuesto destino comestible y no menos supuesto nido de microbios insanos. Anda el tío con la gota gorda del sudor, pese a que estamos en enero, correteando por su rubicunda cara y asomando la punta de la riada por entre sus ralos cabellos peinados en torrente abajo. Me pregunta que cómo andamos…
Ha transcurrido el tiempo demasiado rápido, como si quisiera hacerle la competencia a los vehículos que circulan por la calzada, y ya me encuentro en el puente del Cristo, después de sortear a un extenso grupo de reclutas que compran cigarrillos en el quiosco que está al principio del mencionado puente. Abajo en el foso, unas barcas surcan sus tranquilas aguas mientras un grupo de lobarros (peces teleósteos marinos, del suborden de los Acantopterigios, de siete a ocho decímetros de largo, cuerpo oblongo, cabeza apuntada, boca grande, dientes pequeños y agudos, dorso azul negruzco, vientre blanco, dos aletas en el lomo y cola recta. Vive en los mares de España y su carne es muy apreciada) huyen desesperadamente en dirección al puerto.
Una anciana, con la cabeza cubierta por un negro velo, ora ante el Cristo con una atención hipnótica que muestra a las claras su aflicción crónica por no sé que desgracias y que aumenta el carácter del sufrido Hombre clavado en la cruz y encerrado entre rejas como un vulgar delincuente. O bien las altas autoridades eclesiásticas tiene miedo de que se escape, resucitando de paso, o bien que alguien cometa el acto sacrílego de robarlo con no sé que oscuras intenciones. Un día de éstos indagaré quién fue su autor y porqué está exactamente ahí.
La sirena de un buque me vuelve a la realidad. A través de la ventana de mi casa entra el bocinazo de un encolerizado conductor que me saca del ensimismamiento al que me ha conducido mis recuerdos… no pasa nada. Sigo con mis fotos.

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