

El hombre que acaba de descargar la mercancía es un hombre cargado de buena fe, tendero desde que tuvo uso de razón. Dispone de una parada en el Mercado de Abastos del Puente Almina y todos los días se le ve trajinando, con su destartalada y viejísima carretilla con plataforma de madera roída casi íntegramente, por los sótanos del mercado. Transporta la mercancía desde el muelle de carga ubicado cerca del acceso desde el muelle de pescadores. Es un vendedor nato de pescado y marisco.
Siempre anda acompañado de un joven moro de tez oscura y ojos profundamente inquietos. Tan flaco es el pobre moro que los pantalones le cuelgan horriblemente holgados y estéticamente inadecuados como vestimenta menos apropiada. No es que lleve los pantalones bombachos típicos de los árabes, esos que tienen las perneras abombadas como si tuvieran un enorme “paquete” viril. Son pantalones de cinco tallas arriba de la que le corresponde. Se los sujeta, casi bajo los sobacos, con una cuerda tranzada que le da la apariencia de un ser de otro mundo: mucha pierna y nada de tronco.
Arriba, en el puente que cubre la entrada a los sótanos del Mercado, un viejo ocioso mira y remira el movimiento de los trabajadores bajo sus pies. De vez en cuando otea el puerto pesquero, como si estuviera esperando a alguien conocido. A lo lejos el transbordador, que ya ha cruzado la bocana, levanta la estela tras su “patosa” popa en la que se adivina los morros de camiones embarcados.
La hermosa fuente del centro de la plaza que configuran el puente, el edificio Trujillo y los jardines de San Sebastián delante de la fachada del Mercado, prosigue su particular danza del agua con variaciones anómalas debidas al vientecillo que de vez en cuando osa romper su armonía y que levanta alguna que otra exclamación soez de quién tiene la desgracia de circular cerca de la misma.
Los verdes autobuses, entre los que se cuela algún que otro pintado como un tomate maduro con techo de un amarillo enfermizo, y que llevan a la gente a Benítez y Benzú reposan su cansino andar en la acera de los Jardines de San Sebastián a la espera de que sus conductores recomiencen el lento camino hasta sus destinos respectivos. Un grupo de moras aguardan, con sus bultos cargados de impensables objetos y alimentos, a que les abran las puertas de los autobuses mientras el vetusto y hierático reloj del viejo edificio de abastos marca sistemáticamente los minutos de las horas.
Una lozana moza cruza la calzada de manera soberbia levantando prestos silbidos de un grupo de soldados, que van o vienen de no se sabe donde, y que aguardan intranquilos a que el sargento acabe su café, que está tomando tranquilo en el bar del interior del mercado, con la esperanza de que un oficial pase ante ellos y descubra la holgazanería del sargento. Vana esperanza por cuanto no pasa ni un suboficial.
Un poco más arriba, en el Revellín, un grupo de chavales anda largando bromas a un pobre moro vagabundo que arrastra su mísera y maltrecha pierna por los duros adoquines del bulevar dirigiéndose a duras penas hacía “El campanero”, mientras las innumerables tiendas de relojes, paraguas y demás chucherías típicas de los bazares, ofrecen su mercancía a través del silencio de los comerciantes hindúes que copan la mayoría de las tiendas. Los escaparates de esas tiendas parecen un maremágnum de artículos sin ninguna utilidad, pero que sin embargo gruesas matronas y severos señores adquieren como quien compra fideos.
Un moro que ya no es joven pero que tampoco es viejo anda transportando cajas de cartón repletas de tabaco entre una cochambrosa motovespa, que parece un huevo con ruedas apoyado en las espumadera, y el estanco ubicado en los Jardines de San Sebastián, el primero según se entra desde la Marina, cuyo usufructuario es un hombre de pelo blanquísimo que aparenta una edad que no tiene. La faena del mozo, en el acarreo de los paquetes, es contemplada fijamente por las diferentes estatuas desperdigadas alrededor del estanco… mientras África mira hacía el Peñón de Gibraltar, Trabajo sonríe ante los esfuerzos del estanquero y Comercio respira tranquilo al ver que el estanco se llena de mercancía. Las otras estatuas están más lejos y no notan ese ajetreo.
El guardia urbano, encargado de dirigir a los escasos vehículos que circulan por la plaza, acaba de sacarse su blanco salacot de la cabeza y con su ya menos blanco guante se seca el sudor de su frente donde una incipiente calvicie le produce escalofríos cada vez que se mira en el espejo de cualquier lavabo. La chaqueta del uniforme, blanca inmaculada hasta entonces, ya comienza a sufrir los estragos de la sudoración tras minutos bajo un sol, extrañamente brillante en pleno diciembre, mientras sus pantalones, impecablemente planchados por la parienta, muestra esa ridícula cinta roja, en doble fila, cosida en los lados.
El “Victoria” acaba de dejar, antes de volver a Algeciras, en el muelle de España hace ya media hora a cientos de pasajeros que ya cruzan presurosos la plaza en busca de toda clase de baratijas electrónicas, maravillas del momento. Uno lleva a duras penas una enorme radio de caja de madera con frontis de tela parda y enormes diales que marcan las horas radiofónicas (ondas) con esa huidiza aguja que se empeña en no estarse quieta, mientras su parienta, puede ser que no lo sea pero parece, carga con sendos paraguas de negras telas impermeables que parecerían auténticas tiendas de campaña si se abrieran. Muchos de los venidos allende el charco comentan lo bonito que son sus relojes enseñándolos a todo quisque que se les pone por delante. Una señora gruesa y emperifollada luce en sus muñecas sendos aros, afirma a sus compañeros que es auténtico de oro blanco el material con el que están realizadas.
Entretanto, el hombre del Mercado comienza a distribuir su mercancía marina por la superficie del mostrador-estante…

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