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La mañana viene vestida de lujo, el sol difunde su potente luz en un alarde nuclear que hace arder cabezas y calienta los tejados donde se pueden freír huevos. El único agente contaminante del límpido cielo azul es el humo que suelta una renqueante furgoneta de tres ruedas, una moto-vespa con cabina cerrada y una plataforma de carga de un metro cuadrado, llena de paquetes de muy diverso contenido y procedencia. Quema el fuel horrores y el negro humo se cuela por los huecos de los ventiladores humanos, esos por donde respiran y expiran. La moto-vespa está subiendo Camoens arriba y la estela que deja tras su roto tubo de escape produce una niebla tan espesa que hasta el cabo furriel, cargado con sobre de pagas y que espera a que le abran la puerta del edificio de enfrente a la plaza del Teniente Ruiz, se tambalean sobre sus talones mientras sus ojos se llenan de lágrimas, no de pena, y sus labios entreabren la boca en un esfuerzo por expulsar las partículas quemadas de aceite y petróleo que ha aspirado segundos antes.
Poco más debajo de la explanada de la recoleta plaza, donde se encuentra el busto de aquel bravo teniente que defendió Madrid el 2 de mayo de 1808 y que murió en Trujillo (Cáceres) en 1809 junto a un Luís que tiene su calle justo debajo de la plaza girando a la derecha, sevillano éste último de pura cepa y que murió defendiendo lo mismo que defendía Jacinto, que es el nombre a quién se hace el honor de levantar el busto mencionado al principio de éste párrafo. Junto a los dos también estaba uno que tiene su calle al otro lado, más cercana a la bahía sur y que es conocido por Pedro, natural de Murieras (Cantabria), de la misma edad que Jacinto, ambos doce años más jóvenes que Luís… bueno, basta de historia y como creo que ya lo sabrán estoy mencionando a Jacinto Ruiz y Mendoza (1779-1809); Luís Daoiz Torres (1767-1808) y Pedro Velarde Santillán (1767-1808).
Como escribía al principio, en el segundo nivel de la mencionada y recoleta plaza, un grupo de niños están jugando al fútbol en el improvisado “estadio” con una pelota de trapo. Pelota perfecta en su esfera gracias a la buena maña de uno de los críos que, ninguno, no superan los nueve años. Las porterías están dibujadas con irregulares trazos de tiza escolar en las fachadas de los dos edificios que limitan la subplazoleta. Los críos tienen que sortear, además de las piernas de los otros críos componentes del equipo contrario, una férrea e inmóvil defensa compuesta por numerosos árboles que se encuentran diseminados por toda la superficie de juego. Más de una vez, algún que otro chico se pega un tortazo con el duro tronco que acaba mandándolo a su casa entre lloriqueos de dolor. De vez en cuando, la pelota va a parar a la triple confluencia de Méndez Núñez, Daoiz y Antioco, el responsable del patadón tiene la obligación de bajar a buscarla. Regla no escrita pero acatada por todos.
De vez en cuando aparece un chico de unos doce años portando una novedad: un aro metálico que guía con un largo alambre doblado específicamente para ello. Es un chico alto, desgarbado, ni guapo ni feo, que luce un deslucido pantalón de lona y calza unas alpargatas tan sucias como su cabello. Nunca se mete con nadie, por lo que siempre es bien recibido por el grupo de los pequeños que le piden les cuente historias de su padre, el pescador.
Arriba, entretanto, unos señores de esos de traje y corbata van entrando en una especie de club existente a la izquierda, no visto por los ojos de la estatua que miran al frente, y que tiene un rótulo en el lateral derecho de la puerta que reza “Er contró” y nada más. Es un lugar donde se reúnen cada tarde abogados, doctores, funcionarios y administrativos y toda gente de clase media acomodada para pasar la tarde jugando al dominó o a las cartas en una atmósfera cargada de humo de los cigarrillos, cigarros y pipas y de aromas de café con leche, anises, coñacs y fritangas de las tapas que se sirven horas después, cerca de la noche. A veces se quedan jugando hasta altas horas de la madrugada. De vez en cuando organizan actos culturales con bailes de salón y actuaciones de artistas del cante jondo.
A lo lejos, por los entresijos que dejan los edificios, se divisa el trasbordador “Victoria” alejándose de la bulliciosa ciudad, marcando con su estela la división en dos de la bahía norte y enfilando su proa por el estrecho con unas ganas de embestir el Peñón a juzgar por el ímpetu con que rompe las olas. Son tiempos de “¡¡Gibraltar español!!”, grito extendido sobre las olas.

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