martes, 14 de octubre de 2008

DEL TARAJAL A LA ALMADRABA

El oleaje suave, pendenciero, acariciador, lame la orilla de la playa haciendo rodar unos cuantos cantos sobre la clara arena y no dando alcance a las botas que calzo en esos momentos sublimes de un paseo que he decidido dar, pese al frío reinante, por esa costa del Maresme que configura la comarca donde se asienta la ciudad de mi residencia.



Un suave viento, polar diría, viene directo de la montaña hacia el mar; ese mar azul, cuyas ondas palpitantes tratan de acariciar mis pies, ese mar tan transitado y con una historia de siglos de viajes y navegantes sobre su superficie; ejerce un poder fascinante sobre mis recuerdos que me hacen bogar imaginariamente, a través de sus aguas, hacia su confín, hacia el oeste, hacía su abrazo con un enorme océano a través de un estrecho paso delimitado por las columnas de Calpe y de Hércules. En ese estrecho paso se entrecruzan sus aguas con otras menos cálidas y menos salobres que se han ido despegando de la corriente del Golfo…
Estoy andando por la orilla de la playa del Tarajal. He comenzado en el límite justo de la frontera con Marruecos, poco más allá de donde tiene su Terminal el nuevo autobús de costados verdes y calva amarillenta que los ceutíes lo llaman “el de los diez mandamientos”, tal vez por la cantidad de pasajeros que puede transportar, acostumbrados como estamos a trasladarnos en los apestosos y desvencijados autobuses que la mayoría de las veces nos quedan pequeños.



He comenzado el paseo haciendo caso omiso a lo que ocurre allende las fronteras y en los pasos que cruzan miles de marroquíes en ambas direcciones. No he dado más que cien metros y ya encuentro, desperdigados por toda la playa, montones de envoltorios y paquetes obviamente vacíos. Soslayo como puedo ese caos incívico de basura y prosigo mi paseo hasta detenerme a unos metros de una cosa que se encuentra en el borde de la orilla y que de vez en cuando es alcanzada por las suaves ondas de una olas incipientes. Se trata del caparazón de una tortuga de grandes dimensiones que desprende un fortísimo hedor. No me atrevo a acercarme más, ya noto la carne tumefacta, fermentada, podrida que cuelga por las oberturas del caparazón y por las que asoman las patas de unos animalitos que se están dando un festín carroñero. Son unos negros cangrejos de los muchos que pululan por las cercanas rocas de la playa.
Después de dejar atrás el lúgubre banquete dando un estudiado rodeo, prosigo mi solitario paseo meditando sobre las diversas formas de perder la vida de los seres habitantes del globo terráqueo “porca miseria”. En algunos tramos de mi paseo he tenido que subir a la carretera y volver a bajar a la playa. Son esos tramos que están dominados por las rocas y sobre las que no intento caminar. No he venido a hacer de alpinista.



Poco a poco alcanzo la playa de la Almadraba y sentándome a escasos centímetros del agua diviso la peña donde años atrás nos sumergimos para depositar una estatua de la Virgen del Carmen. Bueno, estoy exagerando, yo no me sumergí ahí, no tenía la edad ni las fuerzas para aguantar sendas botellas de oxígeno. Fue mi padre que, junto con otros submarinistas, sí efectuó la inmersión en una fecha memorable… tan memorable que acabé “reventao” de tanta comida como se sirvió en la fiesta posterior al buceo. Era en un restaurante, cuyo nombre el tiempo se ha encargado de borrar de mis recuerdos, a la vera de las rocas sobre la playa. Se sirvieron toda clase de platos marinos y no tan marinos de los que comí como nunca en mi vida lo he vuelto a hacer, eso no se me olvida.
Hago un esfuerzo por desterrar esos momentos mágicos de la nostalgia y poder levantarme, antes de que la modorra de esos recuerdos me hunda en el sublime pozo de la siesta mañanera, para proseguir mi paseo. La playa, desierta hasta ahora, se ha ido animando poco a poco… las gaviotas me saludan con sus chillidos que ha veces resultan espeluznantes. Es un poco raro ver esas gaviotas aquí y por eso mismo trato de averiguar el motivo de ese cambio. El rincón no ofrece mucho campo para el ansía voraz de esas aves inasequibles. Ni siquiera el mar muestra sus frutos de manera provocadora… ¿entonces? Unos pasos más adelante descubro el motivo de esa invasión de pájaros habituales del otro lado del comienzo del istmo por el que estoy paseando: un cadáver anda tirado en medio de la arena con el vientre abierto. Son los restos de un perro de raza indefinida, desperdigados junto con trozos de pescados podridos, sobre el que aterrizan esas aves sobre las que ignoro si comerán esa carne putrefacta de cánido.
Mal que me pese, abandono el paseo bastante asqueado. Encontrarse uno con dos cadáveres, aunque sean cadáveres de animales bien distintos, corroe las entrañas de manera soez. Opto por caminar sobre el arcén de la carretera bordada con esos cúbicos mojones pintados de blanco.

viernes, 10 de octubre de 2008

VISIÓN ACTUAL - BARRIADAS: San Amaro



Como mi espíritu anda libremente, desde que se le soltaron las cadenas de la obediencia hacia unos deberes que conculcaban unos derechos inherentes a la vida y sobre los que tenía que apechugar para pervivir en ambientes no muy dados a la bondad, ha proseguido su libre andar para profundizar más en los conocimientos de nuestra tierra, de nuestras barriadas, de nuestra gente…
Como ahora corresponde recorrer la barriada de San Amaro y sacar un análisis detallado de su situación actual y su gente, en la manera de mis posibilidades, comenzamos esta serie por ella.
¿Por qué el nombre de San Amaro?
No dispongo de datos fiables del porqué darle ese nombre a un parque y a una barriada que existen en Ceuta desde mediados del siglo XVII, aunque el parque no fue construido hasta comienzos del siglo XIX.
Como quiera que podemos conocer la leyenda de San Amaro a través de unas crónicas, que son más una leyenda que un hecho cierto, no vienen indicaciones de su paso por nuestra ciudad y ello redunda en las verdaderas razones del porqué de ese toponimo.
San Amaro fue un abad y navegante que según la tradición realizó un ajetreado viaje por mar hasta el Paraíso Terrenal, en el que, atravesando el Mediterráneo, protagonizó con sus compañeros innumerables aventuras.
Existen dos personajes históricos que pudieron servir de base para el mito: Uno de ellos fue un penitente francés del mismo nombre que en el siglo XIII peregrinó a Santiago de Compostela y que a su vuelta se estableció en Burgos, donde llegó a fundar un hospital para leprosos. El otro candidato es San Mauro de Anjou, discípulo de San Benito de Nursia, y que fundó el primer monasterio benedictino de la historia de Francia.
Sea como fuere, en torno a la figura del Amaro histórico se aglutinaron toda una serie de tradiciones paganas cristianizadas presentes en Galicia y Asturias, relacionadas con los “immrama” (viajes a las islas paradisíacas del Occidente) irlandeses, y que enlazan la historia de este santo con la de abades de otros países del Arco Atlántico como San Brandán, así como con mitos paganos de los que los viajes de Máel Dúin y Bran mac Febal constituyen buenos ejemplos.
Aún hoy es venerado en multitud de ermitas en el Noroeste de España: Un concejo gallego de la provincia de Orense así como una pequeña población del concejo de Castrillón (Asturias) llevan su nombre. Además de dar nombre a una de las barriadas de la Ciudad Autónoma de Ceuta.
Según nos relatan las crónicas, San Amaro era un noble pío de Asia que vivía obsesionado con la idea de visitar el Paraíso Terrenal. Con este fin, preguntaba a todos sus huéspedes sobre la manera más adecuada de llegar a él. Al no recibir una respuesta satisfactoria se abandonó a la desesperación y al llanto, hasta que una noche Dios se le apareció y le reveló cómo alcanzar su objetivo: Construyendo una barca y siguiendo con ella el caminar del Sol a través del “Mare Nostrum” hasta el mar de las Atlántidas.
Habiéndose lanzado al mar, navegó durante siete días y siete noches hasta que llegó a la Tierra Desierta. Era ésta un país ubérrimo que contaba con cinco ciudades habitadas por hombres toscos y horribles y mujeres muy hermosas. Después de haber pasado seis meses en esta tierra una voz le exhortó en sueños a abandonar esta tierra maldita por Dios.
Una vez partieron de la isla, navegaron durante mucho tiempo sin saber dónde estaban hasta que divisaron unos barcos que creyeron que podrían auxiliarles. Pero cuál sería su sorpresa que cuando arribaron a las naves se las encontraron invadidas por monstruos que se llevaban los cadáveres a las profundidades: Habían llegado al Mar Cuajado. Amaro no supo en ese momento cómo salir del trance, pero entonces se le apareció en una visión una mujer que, acompañada por otras doncellas, le dice que han de vertir el contenido de los odres de vino y aceite al mar, y tras ello han de llenarlos de aire. Así hicieron los monjes y el barco logró salir del Mar Cuajado.
Tres días después arriban a la Tierra Desierta, habitada por bestias salvajes y hostiles hacia los hombres. Allí se encuentran a un ermitaño que les dice que la vida en la isla es casi imposible debido que las bestias que allí viven se aniquilan en combate el día de San Juan, persistiendo el hedor de sus cadáveres durante todo el año. El ermitaño les abastece de todo lo que necesitan y les encomienda marchar hacia Oriente, donde hay una tierra muy hermosa que satisfará todas sus necesidades.
Partieron hacia aquel lugar el día siguiente y llegaron a su destino a la hora sexta (las tres de la tarde). Se encontraron ante un hermoso monasterio llamado Valdeflores, del que salió a recibirlos un monje de pelo cano llamado Leónites. Éste comunica a Amaro que había recibido noticias de su llegada a través de una visión, y tras ello le da instrucciones sobre cómo llegar al Paraíso Terrenal: Dirigiéndose con su barca hacia un puerto donde deberá permanecer un mes, tras lo cual se dirigirá a un valle extenso y escarpado, donde alcanzará lo que desea. Tras concluir su charla Leónites se echa a llorar, lamentando haber encontrado al hombre que más quería en este mundo y que ahora le va a abandonar. Pero en ese momento llega Baralides, una mujer de vida santa que regala a Leónites una rama del árbol del conforte que es, junto con el árbol del amor dulce, uno de los dos árboles del Paraíso Terrenal. Con ello Leónites queda consolado.
San Amaro se dirigió al lugar indicado por Leonites, donde permaneció un mes. Una vez transcurrido este tiempo abandonó a sus compañeros y se dirigió hacia el ansiado Valle. Tras buscar durante dos días alcanza un monasterio femenino situado en una cumbre y que se llamaba Flor de Dueñas. Allí había llegado unos días antes Baralides, que tenía costumbre comulgar con las hermanas en la Pascua de Resurrección, en la de Navidad y en la de Cinquesma. El santo permaneció en aquel lugar durante 17 días en los que recibió instrucciones de Baralides para llegar al Paraíso Terrenal.
Al fin, ambos partieron hacia aquel lugar, y tras a travésar una amplia sierra llegaron a los confines del Paraíso Terrenal. Allí San Amaro recibió un hábito blanco, elaborado por Brígida, sobrina de Baralides que vivía en el Paraíso Terrenal. En ese momento, Amaro se despidió de Baralides y se avanzó en solitario por la ribera del Paraíso.
Lo que vio no pudo ser más deslumbrante: Ante él se elevaba un enorme castillo construido con piedras y metales preciosos, con almenas de oro y torres de rubí así como muros multicolores cuyos ladrillos unas veces eran blancos y otras de colores zafiro y esmeralda. Amaro se acercó a la entrada y repicó en la puerta. En ese momento el portero del castillo le dice que lo que tiene ante sus ojos es el Paraíso Terrenal, y como ser humano tiene prohibida la entrada. El santo le rogó que le dejase siquiera contemplarlo un instante a través de la hendidura de la llave.
El centinela accedió y ante los ojos de Amaro se mostraron todas las maravillas del Paraíso: Vio el árbol del que comió Adán así como verdes praderas donde imperaba una primavera eterna y de las que emanaba un olor delicioso. Vio así mismo árboles enormes cuyas copas no podían verse y en los que se posaban pájaros cuyo cantar era tan sugestivo que si se les escuchara durante mil años parecería un día. Por todos sitios deambulaban muchachos con instrumentos cuya música era indescriptible, así como bellas doncellas ataviadas con guirnaldas y vestidos blancos que andaban en torno a la más hermosa de ellas, la Virgen María.
San Amaro ruega entonces al centinela que le deje entrar. El portero, sin embargo, le reitera la prohibición y le dice que durante su breve visión habían transcurrido 300 años. Amaro regresa entonces al puerto donde había dejado a sus compañeros y cuál fue su sorpresa que encontró una ciudad que llevaba su nombre. Tras contarles su historia, los lugareños le reconocieron y le construyeron una casa al lado del monasterio de Valdeflores, donde vivió unos años hasta que falleció. Fue enterrado junto a Baralides y su sobrina, Brígida.
Hasta aquí lo que podemos conocer de ese beato que osa poner su nombre a un parque. El Parque de San Amaro es un jardín público existente ya a comienzos del siglo XIX. Era la parte final de un paseo que venía desde las antiguas Balsas, donde hoy se sitúa el Hospital del Insalud, y servía para subir a la ermita de San Antonio.
Situado al borde de la mencionada playa, fue construido en la segunda mitad del siglo XVII el castillo de San Amaro durante el mandato de D. Sebastián González de Andía, Marqués de Valparaíso, quien gobernó la plaza de Ceuta desde 1.692 a 1.695. Con posterioridad entre 1.707 y 1.714 se hicieron importantes reformas y se instaló una poderosa batería de costa.
El principal mérito de esta fortificación, radica en que está situada en el mismo lugar por el que, una mañana de agosto de 1.415, desembarcaran las tropas de la armada portuguesa que D. Juan I fletara en Lisboa para la conquista de Ceuta, poniendo fin, setenta y siete años antes de la toma de Granada por los Reyes Católicos, a la dominación musulmana de la ciudad.
Lamentablemente, no existe en el lugar la menor constancia de tan importante acontecimiento histórico, por cuanto fue invadido por viviendas y construcciones de destrozaron su entorno.
Hoy en día, el antiguo castillo, se supone que contenía la ermita de San Amaro, presenta un estado tan lamentable que muestra a las claras el poco interés de nuestras autoridades hacia la conservación de nuestra historia.
La barriada de San Amaro, poco más al sur de la ubicación del castillo y dentro del área de influencia de la empresa Ducar, presenta un aspecto de barriada abandonada a la mano de Dios, o de Alá como Vds. quieran.
Construcciones de dudosa legalidad dominan la mayor parte de la barriada en la que destaca la antigua casa cuartel de la Guardia Civil y los edificios del Grupo La Lealtad con aspecto lastimoso, propio de países del Este en época comunista. Existen dos inmensas naves con aspecto de estar totalmente abandonadas e innumerables locales levantados al buen tuntún que son utilizados como garajes.
El comienzo de la barriada está dominado por el solar del antiguo Parque de Artillería hoy en demolición y la avenida de San Amaro flanqueada en su lado mar por casas de una sola planta tras las cuales se desarrolla el comienzo del muelle Alfau.
Detrás de la Ducar, en dirección al parque, existen construcciones que se pueden clasificar sin error como del tercer mundo. Construcciones a retazos con pintas de barracas levantadas por los zíngaros en un caos de utilización del terreno.
Lo peor de todo es la parte correspondiente a los alrededores del antiguo castillo, hoy habitado por familias que utilizan la antigua terraza o patio de armas, como tendedero de ropa puesta a secar, que está invadida por viviendas construidas sin planos ni soportes legales obligatorios. Casi a ras de agua.
¿Existe un Plan de Ordenación Urbana? ¿No contempla la recuperación de esta barriada? La ubicación de la zona es idónea para construir un futuro basado en el turismo y que de alas a la economía local… comenzando con el traslado de la Ducar a terrenos ganados al mar o alejados del núcleo urbano que no impliquen un peligroso punto de inflexión en la seguridad de la ciudad y sus habitantes.
Otro detalle, puede que se me haya pasado desapercibido, es que sus calles y callejuelas carecen de nombre… ¿no lo merecen?
Recuperemos por lo menos la antigua ermita de San Amaro y su castillo. Sería una de las perlas de nuestra ciudad, que de paso recuperaría la denominación de Perla del Mediterráneo con razón.

lunes, 6 de octubre de 2008

PUENTE ALMINA



El hombre que acaba de descargar la mercancía es un hombre cargado de buena fe, tendero desde que tuvo uso de razón. Dispone de una parada en el Mercado de Abastos del Puente Almina y todos los días se le ve trajinando, con su destartalada y viejísima carretilla con plataforma de madera roída casi íntegramente, por los sótanos del mercado. Transporta la mercancía desde el muelle de carga ubicado cerca del acceso desde el muelle de pescadores. Es un vendedor nato de pescado y marisco.
Siempre anda acompañado de un joven moro de tez oscura y ojos profundamente inquietos. Tan flaco es el pobre moro que los pantalones le cuelgan horriblemente holgados y estéticamente inadecuados como vestimenta menos apropiada. No es que lleve los pantalones bombachos típicos de los árabes, esos que tienen las perneras abombadas como si tuvieran un enorme “paquete” viril. Son pantalones de cinco tallas arriba de la que le corresponde. Se los sujeta, casi bajo los sobacos, con una cuerda tranzada que le da la apariencia de un ser de otro mundo: mucha pierna y nada de tronco.
Arriba, en el puente que cubre la entrada a los sótanos del Mercado, un viejo ocioso mira y remira el movimiento de los trabajadores bajo sus pies. De vez en cuando otea el puerto pesquero, como si estuviera esperando a alguien conocido. A lo lejos el transbordador, que ya ha cruzado la bocana, levanta la estela tras su “patosa” popa en la que se adivina los morros de camiones embarcados.
La hermosa fuente del centro de la plaza que configuran el puente, el edificio Trujillo y los jardines de San Sebastián delante de la fachada del Mercado, prosigue su particular danza del agua con variaciones anómalas debidas al vientecillo que de vez en cuando osa romper su armonía y que levanta alguna que otra exclamación soez de quién tiene la desgracia de circular cerca de la misma.
Los verdes autobuses, entre los que se cuela algún que otro pintado como un tomate maduro con techo de un amarillo enfermizo, y que llevan a la gente a Benítez y Benzú reposan su cansino andar en la acera de los Jardines de San Sebastián a la espera de que sus conductores recomiencen el lento camino hasta sus destinos respectivos. Un grupo de moras aguardan, con sus bultos cargados de impensables objetos y alimentos, a que les abran las puertas de los autobuses mientras el vetusto y hierático reloj del viejo edificio de abastos marca sistemáticamente los minutos de las horas.
Una lozana moza cruza la calzada de manera soberbia levantando prestos silbidos de un grupo de soldados, que van o vienen de no se sabe donde, y que aguardan intranquilos a que el sargento acabe su café, que está tomando tranquilo en el bar del interior del mercado, con la esperanza de que un oficial pase ante ellos y descubra la holgazanería del sargento. Vana esperanza por cuanto no pasa ni un suboficial.
Un poco más arriba, en el Revellín, un grupo de chavales anda largando bromas a un pobre moro vagabundo que arrastra su mísera y maltrecha pierna por los duros adoquines del bulevar dirigiéndose a duras penas hacía “El campanero”, mientras las innumerables tiendas de relojes, paraguas y demás chucherías típicas de los bazares, ofrecen su mercancía a través del silencio de los comerciantes hindúes que copan la mayoría de las tiendas. Los escaparates de esas tiendas parecen un maremágnum de artículos sin ninguna utilidad, pero que sin embargo gruesas matronas y severos señores adquieren como quien compra fideos.
Un moro que ya no es joven pero que tampoco es viejo anda transportando cajas de cartón repletas de tabaco entre una cochambrosa motovespa, que parece un huevo con ruedas apoyado en las espumadera, y el estanco ubicado en los Jardines de San Sebastián, el primero según se entra desde la Marina, cuyo usufructuario es un hombre de pelo blanquísimo que aparenta una edad que no tiene. La faena del mozo, en el acarreo de los paquetes, es contemplada fijamente por las diferentes estatuas desperdigadas alrededor del estanco… mientras África mira hacía el Peñón de Gibraltar, Trabajo sonríe ante los esfuerzos del estanquero y Comercio respira tranquilo al ver que el estanco se llena de mercancía. Las otras estatuas están más lejos y no notan ese ajetreo.
El guardia urbano, encargado de dirigir a los escasos vehículos que circulan por la plaza, acaba de sacarse su blanco salacot de la cabeza y con su ya menos blanco guante se seca el sudor de su frente donde una incipiente calvicie le produce escalofríos cada vez que se mira en el espejo de cualquier lavabo. La chaqueta del uniforme, blanca inmaculada hasta entonces, ya comienza a sufrir los estragos de la sudoración tras minutos bajo un sol, extrañamente brillante en pleno diciembre, mientras sus pantalones, impecablemente planchados por la parienta, muestra esa ridícula cinta roja, en doble fila, cosida en los lados.
El “Victoria” acaba de dejar, antes de volver a Algeciras, en el muelle de España hace ya media hora a cientos de pasajeros que ya cruzan presurosos la plaza en busca de toda clase de baratijas electrónicas, maravillas del momento. Uno lleva a duras penas una enorme radio de caja de madera con frontis de tela parda y enormes diales que marcan las horas radiofónicas (ondas) con esa huidiza aguja que se empeña en no estarse quieta, mientras su parienta, puede ser que no lo sea pero parece, carga con sendos paraguas de negras telas impermeables que parecerían auténticas tiendas de campaña si se abrieran. Muchos de los venidos allende el charco comentan lo bonito que son sus relojes enseñándolos a todo quisque que se les pone por delante. Una señora gruesa y emperifollada luce en sus muñecas sendos aros, afirma a sus compañeros que es auténtico de oro blanco el material con el que están realizadas.
Entretanto, el hombre del Mercado comienza a distribuir su mercancía marina por la superficie del mostrador-estante…

ESTACIÓN DE AUTOBUSES



La mañana se presenta fría, un fuerte viento barre las calles de hojas caídas la víspera, arremolinándolas en los rincones sin salida y haciéndolas girar una y otra vez sobre sí mismas, en una especie de órbita alrededor de la nada.
El autobús de “La Valenciana” hace rato que acaba de llegar, provinente de Tetuán, vomitando pasajeros en su mayoría marroquíes y cargados de bultos. Muchos de los pasajeros vienen con baratijas, cazos, teteras, cafeteras… todo de cobre. El objetivo de esta gente, al viajar a la ciudad, es negociar con los ceutíes cambiando los objetos por ropa, usada pero en buen estado. Una mujer madura, cargada con un enorme bulto en el que se adivina trozos de carne, encamina rápidamente sus pasos calle Padilla abajo.
El autobús de “La Valenciana” hace la competencia al tren que une Ceuta con Tetuán, aunque hay otros autobuses que cubren las diferentes localidades del Protectorado, es el trayecto más usado y el trasiego de pasajeros y bultos es enorme. Algunos soldados de alta graduación utilizan también el transporte por carretera que presta esa compañía de nombre levantino.
Una chica árabe, de unos 19 años, anda como perdida dando vueltas y vueltas por la acera que corre a todo lo largo de la Estación de Autobuses del paseo Colón. Es una chica joven, de oscuros ojos como el azabache, bastante agraciada de rostro y a pesar de las gruesas ropas que la envuelve, se adivina propietaria de un voluptuoso cuerpo.
Esta chica, antes de venir a Ceuta residía en Xauen y había sido repudiada por su familia al descubrirse que quería mantener relaciones con un cabo del Ejército español del que está perdidamente enamorada, padece un drama que sólo puede ocurrir en personas inmersas en inmundo totalmente desconocido y sin un duro encima. Está desesperada porque lleva más de dos horas esperando a su amor, que le había prometido recogerla en su casa.
Un anciano decrépito, que suele dar vueltas por la Estación de Autobuses en espera de no se sabe qué, observa interesado la discusión de dos hombres de largas barbas canas. De vez en cuando sus ojillos, surcados de venillas rojas y rodeados de piel totalmente arruinada, se alegran para luego apagarse al instante cuando el fez (tarbush), de uno de los hombres, comienza a bailar en la cabeza debido al vibrante movimiento que imprime a su cuerpo con el acaloramiento de la discusión. Como por arte de birlibirloque nunca se le llega a caer. Esto hace que el anciano se desinterese de la discusión, que por otro lado no entendería de ninguna manera… no sabe bereber, a pesar de haber vivido bastante tiempo en su mundo. Esa lengua camítica le suena a chino.
Gira sobre sus talones para dirigirse al bar del otro lado del paseo y tropieza con una mora que anda en un sin andar. Ya la había observado antes de entrar como espectador en la discusión que seguía poco más allá. Como viejo gato que era, ya había notado la desesperación en el bello rostro de la marroquí. No quiere entrar en divagaciones ni quiere entrometerse en asuntos ajenos. Sólo era un observador nato, una especie de “voyeur” como decían los franceses del otro lado del Protectorado, cerca de Alcazarquivir, el “Gran Palacio” como traduce su nombre en árabe Al-Qasr Al-Kabir, donde había pasado mucho tiempo recorriendo las colinas que rodean la ciudad cercana a Larache, vadeando de vez en cuando el río Lucus, cuando estaba destinado en Regulares de guarnición allá.
La chica sigue desesperada, sus pensamientos vuelan hacia Xauen, Shifshawen para los rifeños. Empieza a echar de menos las estribaciones de las montañas del Rif, recuerda los dos picos, que se divisan claramente desde la casa familiar de donde la han expulsado, picos que dan el nombre a la población. Su recuerdo se pierden en las pequeñas callejuelas de trazado irregular, que recuerdan a los pueblos andaluces, y casas encaladas con un ligero tono azul. Una furtiva lágrima salta por encima de la suave curva de su bello rostro, descubierto, y surca un camino hacia las comisuras de sus labios. El recuerdo de los suyos es demasiado vivo y su amor sigue sin aparecer, asustada como está, en un mundo nuevo y totalmente desconocido, lo necesita a su lado ya.
Mientras la Estación de Autobuses, ajena al pequeño drama que ocurre a su vera, prosigue su vida… lejos de allí, en el Serrallo un hombre joven encamina sus pasos hacia el acuartelamiento cercano. Lleva el uniforme de regulares con el galón de cabo y su cabeza está ocupada en el próximo ejercicio cuartelero. Ni pizca de cédula cerebral se mueve en recuerdo de aquella mora a la que había prometido amor eterno en una de las callejuelas de la ciudad, considerada durante mucho tiempo, como sagrada y donde se prohibía la entrada a extranjeros, hasta que los españoles la abrieron al mundo al instaurar el Protectorado concedido por la Conferencia de Algeciras (1906)…

EL CHORRILLO (I)



Corre 1952, cabe destacar la calma chicha que impera en las dos bahías como son conocidas en Ceuta la zona norte y sur del mismo mar Mediterráneo que la rodea. La zona norte, en la que se divisa en lontananza el Peñón de Gibraltar y la costa de la península Ibérica, tiene playas que habitualmente casi no son apreciadas por la inmensa mayoría de los ceutíes, en parte porque es una costa agreste hipotecada por el puerto de la ciudad y en parte porque sus aguas son mucho más frías que en la bahía sur.
La bahía norte es reservada específicamente para estancias largas en las playas más alejadas del centro de la ciudad, como Calamocarro y Benzú; normalmente la gente ceutí acude a la playa de Benítez, preferentemente los vecinos de los alrededores de la misma, ocupando los mínimos espacios que dejan libres las concesiones de casetas militares, que casi copan toda la playa en un auténtico alarde de abuso de poder. Más al este, se encuentra la playa de San Amaro, semiescondida entre el inicio del muelle de Alfau y la muralla que conforma la carretera de acceso al Cementerio. El acceso a esta playa se realiza a través de un agujero abierto en un muro antiquísimo.
La bahía sur dispone de playas buenas y otras no tan buenas. La playa del Tarajal está formada por una estrecha franja de arena negra y detritus terráqueos, jalonada cada cierta distancia por rocas como minúsculos cabos que se adentran en el mar. Las peñas abundan mar adentro. A continuación viene la pequeña y pedregosa playa de La Almadraba, con sus rocas, factorías de salazones y redes atuneras que le dan nombre. Por el lado más al norte de la bahía sur, ya cerca de las estribaciones del monte Hacho, existe la playa del Sarchal, playa que no tiene de nombre más que una escuálida zona conformada, como todo el resto de esa zona costera, por cantos rodados de todos los tamaños y pulidos desde tiempos inmemoriales por la fuerza de las olas. Acceder a la playa del Sarchal ya es toda una aventura por cuanto hay que descender por el inestable acantilado o bien cruzar túneles no habitualmente concurridos. Poco más allá, cerca de la cárcel de mujeres, existe un túnel iluminado de uso exclusivamente para los militares y sus familiares. Otro descarado abuso de poder de la época.
Por el centro de la ciudad destaca la playa de La Ribera que no es en realidad una playa. Está ocupada en su mayor parte por factorías conserveras y el resto de la zona se encuentra invadida por barcas pesqueras de todos los tamaños y hechuras. Algun que otro taller de maestros calafates y unas pequeñas cabañas completan el paisaje, deprimente por sí mismo.
Salvando el pequeño baluarte que se extiende hacía el mar en la parte sur de la mencionada playa de La Ribera, conocido como Baluarte de la Peña, se extiende una estrecha playa de gris y negra arena de larga tradición entre los caballas de todos los tiempos. Es la playa del Chorrillo que se extiende desde el ojo del puente de Nuestra Señora de África, bajo el que fluyen las aguas del foso, hasta cerca de La Almadraba donde cambia de nombre a favor del de la barriada.
Se accede a la playa por una escalera ubicada en uno de los laterales del foso, cabe la gasolinera de la Shell, una de las primeras de Ceuta, y que desciende bajo el puente hasta una especie de plataforma como un muelle de cemento. Esta especie de muelle de cemento, en la parte donde reposan los arcos del puente, está transformado en un inmenso cuarto de servicios al aire libre donde muchos de los bañistas masculinos hacen sus necesidades a la vista de otros y donde se cambian la vestimenta por el traje de baño y viceversa en una clara demostración de exhibicionismo pacato. Los mojones de mierda siembran al completo la propia plataforma y el hedor que despide se extiende hasta más allá del acceso, únicamente tamizado por los vapores de los combustibles de la cercana gasolinera. Muchos sofocos producen a las señoras y señoritas que pasan por una especie de corredor tras los arcos del puente, arcos que la gente joven e insensata osan escalar usándolos como acceso al trampolín que creen ver en el cuadrante norte del arco frente a la bahía sur que da al mar. Los escalofriantes saltos que dan tienen trazas de ser mortales, dada la escasa profundidad de las aguas del foso y la altura de la base desde donde se arrojan, en una primigenia edición de “puenting” pero sin cuerdas de seguridad.
El Chorrillo es la playa más concurrida de todas las de la ciudad, dispone de un chiringuito habitualmente completo de gente que se pasan horas y horas bebiendo la popular y excelente cerveza ceutí de nombre tan llamativo como es “África Star”, siempre acompañada por las tapas, espectaculares y sabrosas, que sirven con soltura. Delante del chiringuito se extiende una plataforma de madera con mesas y sillas de tijera, totalmente ocupadas por familias enteras de bañistas, que a la vez copa buena parte de la playa, casi hasta la orilla. Detrás y a los lados del chiringuito y sobre plataformas de listados de madera se encuentran las casetas-vestuarios, de pago, con los típicos decorados de todas las playas de la época y de siempre: franjas verticales azules y blancas.

UNA JORNADA EN EL APOLO



El tiempo se está poniendo de acuerdo, por fin, con la estación que le corresponde. Después de un largo período de tiempo en que el veranillo se ha obstinado en no ausentarse ya podemos notar en nuestro cuerpo un poco de frío, por lo que no desentonará nuestras coordenadas de siempre.
He acudido a una de las salas de cinema del Parque Comercial de Mataró (Mataró Park) para ver una película y pasar la tarde de un festivo aburrido.
Mientras visiono la película, cuya trama ha dejado de ser interesante, mis recuerdos me llevan a un tiempo y un lugar alejados bastante de mi posición actual. Es como si cruzara a través de un túnel del tiempo y me situara plantando los pies en la ciudad que me vio nacer…
Acabo de regresar de la península, concretamente de Ronda, a donde había salido con el equipo de fútbol para el correspondiente partido. Me he dirigido a mi casa para cambiarme de atuendo y descansar un poco del mareante viaje. He redactado mareante porque entre el barco “Victoria” cruzando un estrecho malhumorado y con ataques del baile de San Vito y el renqueante autocar de la empresa Portillo tirando por carreteras malísimas y con más curvas que la Marilyn Monroe no han dado opción a que el cuerpo de los jugadores descansen físicamente bien.
Me he despertado bruscamente zarandeado como si una especie de furioso terremoto asolara mi cama. Es mi querida abuela que me despierta según le pedí antes de embotarme en la siesta. Al menos podía haber sido un poco más sutil al despertarme, pero ya está.
Después de arreglarme convenientemente y peinarme adecuadamente, ensuciando el cabello con esa pringosa brillantina, me largo en busca de la novia que deberá estar enfadada por mi falta de puntualidad.
La encuentro, como siempre, esperándome en la Plaza de Azcárate, nos hemos saludado un poco fríamente y no han pasado ni treinta segundos cuando ya viene la bronca de rigor. Está enfadada porque he llegado media hora tarde a la cita y como no nos hemos visto desde el viernes, estaba intranquila.
La he tenido que reconfortar con una merienda en el cercano Nieto y se ha alegrado un poquito al invitarla al cine para este anochecer. He pedido al camarero que me dejara el diario y, mientras me tomo la cerveza Estrella de África (África Star), paso revista a la cartelera de películas. Leo la página, con sus habituales errores de imprenta a que nos tiene acostumbrados, correspondiente a espectáculos y noto que destaca el anuncio de una película en el cine Apolo. Se lo comento a mi novia que acepta encantada, aunque a mí me suena a cachondeo patrio. Se trata de “Bienvenido Míster Marshall”, con Manolo Morán y Pepe Isbert de protagonistas.
El paseo que estamos dando calle Real abajo es gratificante. Los comercios siguen a su ritmo con abundancia de clientes, sobre todo en las tiendas ubicadas frente a la iglesia de Los Remedios, en una de las cuales saludo a mi primo Álvarez, preguntándole por su negocio. Le va bien, ha vendido a los paraguayos casi la mitad de las existencias, un cuarto a los moros y el otro cuarto lo deja para mañana. Piensa cerrar pronto porque le apetece hoy.
Llegamos a la altura del Instituto Nacional de Previsión y saludo a Emilio, que acaba de salir del edificio. Va también al cine Apolo y me dice que nos encontraremos en la puerta mientras va a buscar a su novia. Ya somos cuatro. Seguimos nuestro lento paseo y cruzamos la plaza de los Reyes, ocupada ahora por una mini-feria con sus carruseles, luminancia estrambótica y parafernalia sonora que debería estar dejando más neurótico de lo que está al titular de la cercana iglesia de San Francisco. Dado que nos sobra tiempo, entramos en el Casino Militar, donde nos conocimos durante uno de esos bailes de sociedad, en cuya barra tomamos de nuevo sendas cervezas bien frías a las que acompaña una tapa de esos pulpos que me gustan tanto. Cortaditos en finísimas rodajas y ahogados en salsa mayonesa. Son magníficamente comestibles.
Ya es hora de acudir al cinema. Al lado mismo del Casino Militar. El viejo edificio, creo que data de 1916, que acoge al Cine Apolo está iluminado tenuemente por los últimos rayos del astro rey que parece tener prisa por ocultarse allá detrás de las montañas que configuran a la Mujer Muerta (yo prefiero decir Mujer Dormida). Entramos en el vestíbulo casi vacío y damos una vuelta al mismo observando las fotos de las películas que anuncian para próximas sesiones. Algunas de ellas destacan por su fuerte contraste y otras parecen tamizadas por una lámina de papel transparente. Por fin viene Emilio y su novia Juanita. Nos acercamos a la taquilla; una esplendorosa mujer, con uniforme azul tirando a morado y un horrible cuello de solapa blanca, nos atiende obsequiosamente. Es nueva esta taquillera, no la conozco pero no me atrevo a preguntarle sobre la que siempre está en la taquilla, a lo mejor se ofende. Todavía queda media hora para que comience la sesión y acordamos ir al bar “La Viña” para tomar unas cervezas.
Entramos en la sala llamada Platea, para diferenciarle del gallinero supongo. Las butacas, forradas con terciopelo color granate -imagino que será la misma tela con la que está confeccionado el telón que cubre la pantalla-, están casi todas con el asiento levantado. Apenas hay espectadores, casi los puedo contar con los dedos de la mano sin refuerzos. Nos sentamos en la que nos tiene asignada la numeración de nuestros tickets y que resultan estar situadas exactamente en el centro de la sala, ni muy lejos ni muy cerca de la pantalla. Justamente donde siempre he preferido. Mientras hablamos de nuestras cosas comunes, un destello luminoso nos avisa del comienzo de la tanda de anuncios horriblemente confeccionados por el publicista local. El encargado del proyector ha comenzado la tanda antes de que se abrieran los dos telones, el principal y el secundario, éste de tela blanca más fina. Ha diferencia del nuevo cinema África, la pantalla del Apolo no es panorámica (cinemascope se dice). Las luces comienzan a temblar parpadeando hacia abajo, es decir apagándose lentamente. La oscuridad va ganado terreno aunque mitigada por el resplandor de la pantalla…

PASEO DE LAS PALMERAS


El chaval, de unos 17 años, estaba asomado a la baranda del Paseo de las Palmeras que daba al puerto pesquero y observaba el movimiento que hacían los marinos al atracar sus barcos. De vez en cuando gira sus verdes ojos hacía el agua, que golpea el paramento bajo sus pies, y recorre con su mirada el lento nadar de los peces que se acercan valientemente al mismo borde de los muros en busca del sustento.
No sabe distinguir la clase de peces que admira en esos momentos. Está haciendo en realidad un esfuerzo para reprimir la intranquilidad que le cubre ante la tardanza de su amor. No puede fumar porque se encuentra sin calderilla; ni una mísera “perra gorda” reposa en ninguno de sus bolsillos; “perra gorda” que muy bien le vendría para comprar un “chester” y disfrutar deleitándose con el humo que asciende en revoltosas espirales hacía el cielo.
El Paseo de las Palmeras sigue llenándose de parejas y grupos de gente joven de ambos sexos. Es el lugar habitual de los paseos sabatinos y domingueros de la gente joven ceutí, mientras por su calzada trasiegan vehículos de toda clase y tamaño soltando por sus tubos de escape negros humos. Los reclutas pasean con sus uniformes y su lustrosas botas; algunos van acompañados de chiquillas de muy buen ver, pero chiquillas aún. Algún que otro maduro matrimonio recorre la acera en un ir y venir sin cuento. Parecen perdidos en la maraña de gente joven pero sin embargo pasean con el porte de grandes señores.
El aroma de perfumes baratos gana por goleada a los perfumes caros; allá va uno que parece bañado en “Varon Dandy”, con el pelo repeinado y tan brillante que se diría habría sido “abetunado” por Rafa el Limpiabotas. Está embadurnado, su cabello y el de otros muchos ceutíes, con esa brillantina aceitosa que esta de moda.
Las chicas mayores van trajeadas con esas faldas de tubo que acentúan sus curvas y arrancan silbidos y piropos de cuantos se cruzan con ellas. Van perfumadas con “La Maja de Goya” y en verdad que van hechas unas “goyas”. Siempre pasean en grupos, cogidas de la mano aquellas que no tienen pareja masculina. Para ser pareja de una mujer ceutí y cogerla de la mano tiene que ser el novio forzosamente… o el marido. Las chicas mayores llevan pintados sus ojos con “rimmel” tan negro como el carbón y sus labios tan rojos como la sangre. Todavía no se había inventado el “wonderbra” pero lucían unas turgentes sugerencias que ni falta les hacía.
De vez en cuando un autobús cruzaba a lo largo del Paseo cargado de reclutas regulares de retorno al cuartel. Las burlas, befas, saludos… de los reclutas de a pie se sucedían a lo largo del lento caminar mecánico del renqueante autobús. Recibían cortes de manga que si se llegan a alargar un poco más, revientan las lunas de las ventanillas del autobús.
Cientos de chiquillos pasean en grupos alborotando el cotarro palmeral. Comen pipas de girasol cuyas cáscaras escupen descaradamente hacia delante de ellos; otros lo hacen exactamente igual, pero con altramuces a los que llaman “chochos”; algún que otro chiquillo mueve las mandíbulas de una manera tan vigorosa con la intención de hacer trizas el duro bloque de chicle “Bazooka” que se meten en la boca. Mientras una anciana vendedora, sentada en un taburete, espera a que alguien le compre unos higos chumbos lustrosos y verdosos erizados de pinchos, un moro adoba trozos de carne de cabrito para preparar los pinchos que sirven en el bar del otro lado del Paseo.
Un par de legionarios pasean de manera chulesca soltando piropos inclasificables y haciendo sonrojar a las chicas. De vez en cuando miran con inquina al pobre recluta que se les cruza mirándoles, a la vez, a los ojos… el inocente recluta parece ignorar la que se avecina si se le ocurre provocarles. No pasa nada y los legionarios siguen su firme pasear golpeando las baldosas con fuertes talonazos. Desaparecen en el bar que existe al lado de la trasera del Templo Expiatorio.
Algunos jóvenes se acercan al comercio del representante oficial de la Fiat y admiran el nuevo modelo que es toda una novedad: un majestuoso “milquinientos” con unos cuernos que recuerdan al toro de Osborne.
Mientras tanto, el Paseo de las Palmeras sigue llenándose…

JARDINES DE SAN SEBASTIÁN


Estoy digitalizando fotos, fotos antiguas y no tan antiguas, para configurar un álbum digital que resulta a todas luces muy útil y ocupa un reducidísimo espacio en cualquier lugar donde lo guarde. Mientras escaneo miles de fotos noto que algunas de ellas me traen tantos recuerdos que reavivan la nostalgia de aquellos tiempos y producen un efecto de retroceso ficticio en el tiempo y en el espacio. En el tiempo porque han transcurrido ya cuarenta y tres años y en el espacio porque la transición, de un ambiente social reducido a otro mucho más extenso y multidisciplinar, no es de pequeña dimensión.

Al mismo tiempo en que efectúo la titulación de las fotos, mi cerebro se adentra por un oscuro túnel con estrías elípticas que me conducen irremediablemente al pasado. No un pasado lleno de resquemores; de lamentaciones por los efectos colaterales de la hecatombe pasada por el país; de ganas de retroceso semántico en las formas de tratar los artículos de manera nostálgica… simplemente es un intento de recordar tiempos y hechos pasados que por su intencionada singularidad merecen ser recordados.
Me encuentro sentado en uno de los bancos del reducido espacio que componen los jardines de San Sebastián, observando los movimientos de un ceutí de etnia árabe que anda trajinando entre un motocarro Vespa y el quiosco de periódicos del lugar. Lo conocemos por “Chato”, aunque siempre quiere que lo llamemos Mohamed ante lo que le rebatimos que existen millones de Mohamed, y es de una actitud servicial y amable. Por cierto que “Chato” estuvo recientemente unos días en Barcelona buscando no se qué… se volvió “espantao” a Ceuta y no supe más de él.
Abajo, en el acceso a los sótanos del mercado, la gente efectúa movimientos de vaivén de manera mecánica transportando mercancías que producen ese característico olor de los viejos mercados de antaño. Aromas cebolleros, ajeros, apieros, olor a naranjos en flor, peste nauseabunda a pescados podridos, pufos insultantes de carnes corrompidas… en resumen: un cóctel de olores típicos de cualquier mercado de abastos
Resuelvo pasear hasta el puerto andando por el Paseo de las Palmeras mientras los vehículos pasan en los dos sentidos de la calzada. Un renqueante autobús, de un rojo descolorido con el techo pintado de un amarillo enfermizo tirando a beige y pleno de gente con cara de asco, pasa justamente pegado al bordillo de la acera muy cerca de mis pasos. Un potente agente de infección atmosférica, en un claro atentado contra el ecosistema, escapa por el negrísimo tubo que asoma por la trasera del cacofónico vehículo y consigue introducirse por los dos agujeros que tengo bajo mi nariz. Un sofoco mortificante penetra en mis pulmones obligándome a girar un cuarto y dirigirme resuelto a la pétrea baranda del paseo. Aspiro con fuerza el aire, con flujos marinos que me llega del puerto, previos intentos de expulsar el dióxido de carbono, que es un óxido cuya molécula contiene dos átomos de oxígeno y que resulta ser un gas más pesado que el aire, incombustible y asfixiante que, por la combinación del carbono con el oxígeno, se produce en las combustiones y en algunas fermentaciones.
Repuesto del pequeño percance respiratorio y consiguiendo enfocar perfectamente mis retinas, continúo el andar sobre las baldosas del Paseo mirando, con una especie de odio, al autobús cuyo pedo ha estado a punto de tumbarme. En ese mismo instante pasa por mi lado ese incansable vendedor de chucherías, al que conocemos como “El Bizco” (nunca delante de él) con su capazo lleno de caramelos pinchados con un palito, manzanas embadurnadas de caramelos también apuñaladas con palitos de madera, “chochos” (altramuces ¡eh!) y otras pringosas materias de supuesto destino comestible y no menos supuesto nido de microbios insanos. Anda el tío con la gota gorda del sudor, pese a que estamos en enero, correteando por su rubicunda cara y asomando la punta de la riada por entre sus ralos cabellos peinados en torrente abajo. Me pregunta que cómo andamos…
Ha transcurrido el tiempo demasiado rápido, como si quisiera hacerle la competencia a los vehículos que circulan por la calzada, y ya me encuentro en el puente del Cristo, después de sortear a un extenso grupo de reclutas que compran cigarrillos en el quiosco que está al principio del mencionado puente. Abajo en el foso, unas barcas surcan sus tranquilas aguas mientras un grupo de lobarros (peces teleósteos marinos, del suborden de los Acantopterigios, de siete a ocho decímetros de largo, cuerpo oblongo, cabeza apuntada, boca grande, dientes pequeños y agudos, dorso azul negruzco, vientre blanco, dos aletas en el lomo y cola recta. Vive en los mares de España y su carne es muy apreciada) huyen desesperadamente en dirección al puerto.
Una anciana, con la cabeza cubierta por un negro velo, ora ante el Cristo con una atención hipnótica que muestra a las claras su aflicción crónica por no sé que desgracias y que aumenta el carácter del sufrido Hombre clavado en la cruz y encerrado entre rejas como un vulgar delincuente. O bien las altas autoridades eclesiásticas tiene miedo de que se escape, resucitando de paso, o bien que alguien cometa el acto sacrílego de robarlo con no sé que oscuras intenciones. Un día de éstos indagaré quién fue su autor y porqué está exactamente ahí.
La sirena de un buque me vuelve a la realidad. A través de la ventana de mi casa entra el bocinazo de un encolerizado conductor que me saca del ensimismamiento al que me ha conducido mis recuerdos… no pasa nada. Sigo con mis fotos.

TENIENTE RUIZ


La mañana viene vestida de lujo, el sol difunde su potente luz en un alarde nuclear que hace arder cabezas y calienta los tejados donde se pueden freír huevos. El único agente contaminante del límpido cielo azul es el humo que suelta una renqueante furgoneta de tres ruedas, una moto-vespa con cabina cerrada y una plataforma de carga de un metro cuadrado, llena de paquetes de muy diverso contenido y procedencia. Quema el fuel horrores y el negro humo se cuela por los huecos de los ventiladores humanos, esos por donde respiran y expiran. La moto-vespa está subiendo Camoens arriba y la estela que deja tras su roto tubo de escape produce una niebla tan espesa que hasta el cabo furriel, cargado con sobre de pagas y que espera a que le abran la puerta del edificio de enfrente a la plaza del Teniente Ruiz, se tambalean sobre sus talones mientras sus ojos se llenan de lágrimas, no de pena, y sus labios entreabren la boca en un esfuerzo por expulsar las partículas quemadas de aceite y petróleo que ha aspirado segundos antes.

Poco más debajo de la explanada de la recoleta plaza, donde se encuentra el busto de aquel bravo teniente que defendió Madrid el 2 de mayo de 1808 y que murió en Trujillo (Cáceres) en 1809 junto a un Luís que tiene su calle justo debajo de la plaza girando a la derecha, sevillano éste último de pura cepa y que murió defendiendo lo mismo que defendía Jacinto, que es el nombre a quién se hace el honor de levantar el busto mencionado al principio de éste párrafo. Junto a los dos también estaba uno que tiene su calle al otro lado, más cercana a la bahía sur y que es conocido por Pedro, natural de Murieras (Cantabria), de la misma edad que Jacinto, ambos doce años más jóvenes que Luís… bueno, basta de historia y como creo que ya lo sabrán estoy mencionando a Jacinto Ruiz y Mendoza (1779-1809); Luís Daoiz Torres (1767-1808) y Pedro Velarde Santillán (1767-1808).
Como escribía al principio, en el segundo nivel de la mencionada y recoleta plaza, un grupo de niños están jugando al fútbol en el improvisado “estadio” con una pelota de trapo. Pelota perfecta en su esfera gracias a la buena maña de uno de los críos que, ninguno, no superan los nueve años. Las porterías están dibujadas con irregulares trazos de tiza escolar en las fachadas de los dos edificios que limitan la subplazoleta. Los críos tienen que sortear, además de las piernas de los otros críos componentes del equipo contrario, una férrea e inmóvil defensa compuesta por numerosos árboles que se encuentran diseminados por toda la superficie de juego. Más de una vez, algún que otro chico se pega un tortazo con el duro tronco que acaba mandándolo a su casa entre lloriqueos de dolor. De vez en cuando, la pelota va a parar a la triple confluencia de Méndez Núñez, Daoiz y Antioco, el responsable del patadón tiene la obligación de bajar a buscarla. Regla no escrita pero acatada por todos.
De vez en cuando aparece un chico de unos doce años portando una novedad: un aro metálico que guía con un largo alambre doblado específicamente para ello. Es un chico alto, desgarbado, ni guapo ni feo, que luce un deslucido pantalón de lona y calza unas alpargatas tan sucias como su cabello. Nunca se mete con nadie, por lo que siempre es bien recibido por el grupo de los pequeños que le piden les cuente historias de su padre, el pescador.
Arriba, entretanto, unos señores de esos de traje y corbata van entrando en una especie de club existente a la izquierda, no visto por los ojos de la estatua que miran al frente, y que tiene un rótulo en el lateral derecho de la puerta que reza “Er contró” y nada más. Es un lugar donde se reúnen cada tarde abogados, doctores, funcionarios y administrativos y toda gente de clase media acomodada para pasar la tarde jugando al dominó o a las cartas en una atmósfera cargada de humo de los cigarrillos, cigarros y pipas y de aromas de café con leche, anises, coñacs y fritangas de las tapas que se sirven horas después, cerca de la noche. A veces se quedan jugando hasta altas horas de la madrugada. De vez en cuando organizan actos culturales con bailes de salón y actuaciones de artistas del cante jondo.
A lo lejos, por los entresijos que dejan los edificios, se divisa el trasbordador “Victoria” alejándose de la bulliciosa ciudad, marcando con su estela la división en dos de la bahía norte y enfilando su proa por el estrecho con unas ganas de embestir el Peñón a juzgar por el ímpetu con que rompe las olas. Son tiempos de “¡¡Gibraltar español!!”, grito extendido sobre las olas.

miércoles, 11 de julio de 2007

UN DIBUJANTE EN EL CIELO


El sol hace rato que anda vagabundeando alrededor de su cenit y los rayos, que suelta eternamente, caen como hilos de plomo sobre las cabezas de un grupo de niños que corretean por los vericuetos de un solar cercano al colegio de donde acaban de salir.
Eugenio Tinoco es un amigo de la infancia con el que acostumbraba a jugar en ese descampado de la calle de La Legíón esquina a Teniente Pacheco. Jugábamos, con otros muchos chicos, a un montón de juegos que hoy en día no los veo por ningún lado. No existían ninguno de los actuales juegos, electrónicos o mecánicos, con los que ahora juega mi hijo pequeño. Lo más que podíamos tener eran unas bolitas de cristal multicolor (a veces fabricábamos nuestras propias bolitas con el barro que recogíamos los días de lluvia y que “horneábamos” en aquellas candelas de hierro forjado alimentadas por carbón), fichas hechas con tapas de cerveza y coca-cola, aros de hierro que arrancábamos de los viejos barriles y que guiábamos con unos gruesos alambres doblados adecuadamente y que cogíamos, sin permiso, de un taller que se dedicaba a realizar los arcos de luces de las ferias de Ceuta (coloreaban las bombillas a mano introduciéndolas en botes de pintura).
Con Eugenio y otros muchos formábamos equipos de fútbol callejero, con pelotas de trapo, y jugábamos nuestros partidos en el callejón ciego que existía, ¿existe aún?, al final de la calle Teniente Pacheco. A medida que crecíamos, nuestros campos de fútbol fueron ampliándose y ocupábamos la plaza del Teniente Ruiz, la calle General Yagüe (con ventaja del equipo que tenía la portería arriba de la cuesta) y a veces la calle Fernández. En todas siempre teníamos quejas y reclamaciones de los vecinos… ¡qué recuerdos!
Pasaba muchas tardes en casa de Eugenio, donde la guapísima mamá me daba trozos de pan untados con aceite y, de vez en cuando, media libra de chocolate que me llenaba de gozo. Sin embargo, lo que más me atraía de la familia Tinoco -compuesta por el padre Claudio, la madre cuyo nombre no recuerdo, y dos hermanos más: Goyo, el mayor, y Pepito, el pequeño, creo que se llamaban- era la labor que el padre Claudio Tinoco realizaba en un cuartito de la casa sobre un tablero de dibujo. Estaba, cada día, dibujando historietas de tebeo y se pasaba horas y horas dibujando un personaje que fue famosísimo en aquellos tiempos.
Claudio Tinoco Caraballo, nació en Ceuta un 20 de agosto de 1920. Vivía en los bajos de un edificio de la calle del Teniente Pacheco, esquina a La Legión, frente por frente a aquel bar-tienda del inolvidable Leoncio. En los años cuarenta comienza a trabajar en serio en el mundillo del tebeo con la Selección Aventurera y Mc Kay de la Policía Montada del Canadá. Posteriormente colabora con Hispano-Americana de Ediciones, y al mismo tiempo con la revista Juventud Audaz de Editorial Valenciana hasta que el 1959 pasa a la nómina de Editorial Bruguera y empieza a dibujar su personaje mas emblemático: "El Capitán Trueno". Se empezaría a publicar en 1960 en la colección El Capitán Trueno Extra, y a partir del Pulgarcito nº 1531 desde el 5 de septiembre de 1960, a razon de una doble página central en la revista de carácter semanal. Sin embargo, la fama se la llevó Ambrós, el dibujante jefe de la Editorial
En 1965, sale editada su última colección para el mercado español, y quizá la que mas vive en el recuerdo de los que la conocieron. "El pequeño Sioux" por Iberomundial de Ediciones. Desde este momento entra en "Ediciones Aventuras y Viajes en París" para quienes trabajaría hasta 1980.
Claudio Tinoco fallece el 6 de abril de 1993., a los 72 años, en el más completo anonimato y sin tener reconocimiento público debido a la obra obtenida merced a su prodigiosa mano de dibujante.
Puedo escribir, y lo redacto, que de Claudio Tinoco aprendí a manejar el lápiz con cierta soltura, no quiero decir que haya sido, realmente, mi maestro en el arte del dibujo pero sí puedo afirmar que las horas en que me permitía observarlo –con la única condición de no molestarlo lo más mínimo- fui asimilando su manera de manejar el lapicero y quizás me hubiera convertido en un dibujante de cómics si no fuera porque emigró de Ceuta en aquellos años difíciles. Sin embargo, aquella observación mía de su manera de trabajar los dibujos quedó tan arraigada que, posteriormente, me sirvió para mi actual profesión. ¡Y mucho!
Sirva éste humilde artículo como sencillo homenaje al recuerdo de un ceutí que dejó nuestra tierra movido por las circunstancias económicas de entonces y que merece algo mucho mejor por parte de quienes deberían rendirle un homenaje póstumo como reconocimiento a su labor (ya sea por las autoridades ceutíes como la gente interesada de verdad por la cultura en general). Una labor plagada de abundantes deseos de mantener alegre e interesada a un amplísimo sector de la población española de aquellos tiempos a través de sus dibujos y las ejemplares historietas que contaba.
De la familia de Claudio Tinoco Caraballo nunca más supe y de verdad que lo siento, por cuanto quisiera saludarles para demostrarles mi afecto a tan singular dibujante que ahora está en los cielos, al que, en cierta medida, le estoy agradecido por haberme permitido aprender.

domingo, 1 de julio de 2007

ESCRITOS DURANTE EL CAMINO (8)


Rafael es un niño como de unos 8 o 10 años, de etnia gitana de piel del color de la miel y unos ojos muy vivos y depredadores de un negro impenetrable lo que dificulta distinguir el iris. Siempre está sentado en el bordillo que rodea al quiosco de prensa de la plaza de Azcárate a una hora muy temprana en la que todos los niños de su edad siguen aferrados a las sábanas.
De Rafael, al que todos apodan “El gitanillo”, nadie sabe dónde vive ni a qué familia pertenece. Siempre se le encuentra merodeando por los alrededores de la plaza de Azcárate y por el muelle de España y nadie se ha preocupado por él, ni nadie sabe ni quiere saber si está inscrito en algún colegio y se pasa la vida haciendo “bolillos”.
Comer sí que come, Rafael “El gitanillo” come todos los días, a veces mejor que nadie, aunque no se le nota porque se mantiene tan flacucho como desde el primer día que fue avistado en la plaza. Le llaman “El gitanillo” y ello no le hace enfadar, como si supiera desde el principio que era de una etnia aparte. A Rafael “El gitanillo” le da el desayuno el señor Ramón, el del bar “El Nieto”, que siempre le ofrece un gran vaso de leche y un trozo de molleta del día anterior con un pedazo de morcilla, a veces, un trocito de queso o un pedazo de “volaó” que el chiquillo traga con fruición mostrando esa impagable felicidad plasmada en su cara. Otras veces es una señora, de la que ignora el nombre, que acostumbra a darle una magdalena que siempre dice hacerla ella. En escasas ocasiones la propietaria de la frutería del mercado de abastos, del segundo nivel de la plaza de Azcárate, le ofrece una fruta que siempre, no se sabe porqué, resulta ser la más apetecible del mercado.
Satisfecha su hambre mañanera, Rafael “El gitanillo” se encarga siempre, casi siempre, de cuidar las remesas de prensa y revistas que Rafa, el repartidor, deposita en el suelo, muy cerca de la puerta de entrada al quiosco. Rafael “El gitanillo” está muy agradecido al “señó” Cristóbal, como acostumbra a llamar al quiosquero, porque cada día que abre el quiosco le ofrece una peseta. Rafael “El gitanillo” se muestra orgulloso de esa peseta a la que considera su salario, solo cuida los paquetes y luego ayuda al “señó” Cristóbal a desatarlos. Rafael “El gitanillo” no sólo considera al “señó” Cristóbal como su jefe si no también como su banquero. Rafael “El gitanillo” lleva un montón de pesetas ahorradas y guardadas en un viejo y limpio calcetín negro que se encontró volando por la calle Real, cerca del estanco que hay por Maestranza, en un día de mucho viento. Es listo el chiquillo, las pesetas están liadas en un pañuelo de señorita primorosamente bordado, que no se sabe como lo consiguió, y luego introducido en el calcetín cuya boca amarra con un cordel de esos con que se atan los paquetes de periódicos y revistas. Pese a su corta edad, ya tiene experiencia sobre robos que le afectaron, sobre todo los robos de que era objeto por parte de un jovenzuelo moro de vez en cuando. Ahora está mas tranquilo con el banco guardando su capital.
Rafael “El gitanillo” sólo tiene miedo de una persona: el guardia urbano. A pesar de que el guardia nunca se ha dirigido expresamente a él, ni siquiera cuando pasea por la plaza o el muelle, le tiene un miedo atroz y siempre procura esconderse a las miradas escrutadoras del urbano. No se sabe a ciencia cierta el porqué de esta postura, de ese miedo. Lo que sí se sabe es que cuando Rafael “El gitanillo” cumple su labor, de carácter voluntario en el quiosco, suele largarse al muelle de España donde permanece hasta bien entrado el mediodía en que regresa a la plaza de Azcárate y espera pacientemente a que algunas señoras, que suelen ser siempre las mismas, le den algo de comer. Algunas veces, a petición de la propia señora, ayuda a transportar la cesta de la compra –siempre son pequeños paquetes- hasta el domicilio de la misma que, invariablemente, le invita a comer. Entonces prueba los delicados manjares salidos del horno o de la cazuela de la caritativa señora. Pero a veces se encuentra con malos momentos: cuando regresa de improviso el marido, el hijo o la hija de la señora. Suelen protestar ante semejante intromisión y suelen quejarse de que lo que ganan con el sudor de la frente se lo traga un gitano, cosa que nunca es cierta porque cuando cocina la buena señora y todos los de su familia se han hartado, siempre queda algo de sobra. ¿Porqué no dárselo antes?
Rafael “El gitanillo” no es cleptómano ni se atreve a tocar las cosas que encuentra en las casas donde entra. Este talante honrado tiene a veces el premio de que recibe un juguete –usado, eso sí- que le regala la propietaria de la vivienda y que Rafadel “El gitanillo” suele guardarlo en una especie de capazo de tela para luego ofrecérselo a las familias gitanas residentes en los alrededores del Pasaje Heras.

ESCRITOS DURANTE EL CAMINO (7)


Una tela blanca repentinamente ondea al viento desde una de las ventanas del segundo piso del vetusto edifico de la calle Velarde, muy cerca de la esquina a la calle Espino y que está junto a un solar pleno de escombros; un pequeño gorrión sale de estampida desde la repisa existente bajo la ventana, a modo de adorno saliente de planta, asustado por el repentino movimiento de la tela.
Amador Tejedor Llamas acaba de abrir la ventana de su cuarto sin acordarse de que la ventana de la cocina está abierta, ha permanecido abierta toda la noche y el brutal golpe de la corriente a arrojado hacia el exterior parte de las blancas cortinas que cubren todo lo ancho de la pared, no las arrancó de cuajo por milagro pues la fuerte corriente hizo rechinar los tornillos que atan el pasador del cortinaje al muro. Un poco asustado mete las cortinas dentro y cierra la ventana al tiempo que por el rabillo del ojo ve salir disparado a un pequeño pájaro. Se maldice del olvido y camina hacia la cocina, cierra la ventana y vuelve al dormitorio donde abre de nuevo para que se airee la habitación. Ahora no siente la corriente pero sí un fresco soplo aéreo que aspira ávidamente y le hacer respirar profundamente.
Amador Tejedor Llamas es sastre, uno de esos sastres milimétricos que todo lo hace a mano con esa pericia que la plena dedicación y tiempo conlleva como experiencia. Sus trajes tienen fama de ser muy buenos y su pequeño taller, que está en el Pasaje de Echegaray, cerca de la calle Duarte, siempre está lleno de pedidos, patrones de medidas y rollos de telas de diversas texturas y colores. Su trabajo le da para vivir bien dentro de lo que cabe y más aún siendo soltero y sin compromiso.
Amador Tejedor Llamas es tan meticuloso con su aseo personal como lo es con su trabajo, se afeita diariamente con una navaja que perteneció a su abuelo y que sin embargo mantiene como nueva. Tiene una extraña manera de afilarla y la hoja mantiene un filo súper-cortante que le afeita hasta el pelillo más rebelde de su cara. Hasta aquí nada que alegar si no fuera porque en su cara tardan días en aparecer, siquiera, la punta de un pelillo. Esta manía de afeitarse todos los días sin falta y aunque no tenga barba ni bigote ya es cosa extraña, pero Amador Tejedor Llamas lo hace a conciencia, es así y nunca cambiará. Termina su aseo personal con un somero repaso a sus rubios cabellos que cubres toda la cabeza de forma ondulada, como las dunas de un pequeño desierto dándole una apariencia borbónica.
Amador Tejedor Llamas suele vestirse diariamente con el mismo traje, un traje impecablemente limpio y planchado, de color azul cielo, de ese color azul cielo que se ve en días de fuerte sol y atmósfera límpida. O sea azul azul, ni un poco claro que se acerque al celeste ni un poco oscuro que se acerque al ultramar. Utiliza la misma camisa blanca tres días seguidos, cambiándola por otra camisa blanca de idéntica textura y línea y que hace suponer a los que le conocen que nunca se la cambia dejándoles la incógnita del porqué nunca la encuentran sucia.
Amador Tejedor Llamas suele prepararse el mismo el desayuno diario: un vaso de leche en polvo y un trozo de pan untado de membrillo, un membrillo que viene en pequeños paquetes como cajas de cerillas y que su amigo Ortega, el fabricante de dulces de membrillos de la calle Simoa, le suministra semanalmente como pago de un traje que le realizó años atrás. Suministro que consiste en un paquete de siete cajetillas y que Amador Tejedor Llamas administra diariamente sin pasarse jamás en el condumio de una cajetilla diaria.
Una vez terminado el desayuno acostumbra a limpiar la casa comenzando por la cocina, comenzando por los cubiertos, y dejando la casa tan limpia y reluciente como el día anterior. Una manía mas que sumar a éste tipo, su casa siempre está limpia ya que casi siempre se pasa el tiempo en el taller de confección y por tanto no tiene tiempo de ensuciarla.
Amador Tejedor Llamas acaba de salir del edificio después de asegurarse que la puerta de acceso a su vivienda está perfectamente cerrada y tras vislumbrar la sombra del vecino del tercero primera por la escalera. Se ha dado cuenta de que el vecino ha dado un paso atrás, con el objetivo de que no fuera avistado por el sastre. Una sonrisa de conmiseración aflora en el rostro de Amador. Este vecino que tiene, Pedro Quisquilla Pardo, es un moroso de campeonato que aún le debe el traje que le hizo cuatro años atrás con motivo de la boda de uno de sus hermanos. Hasta ahora el vecino moroso le ha pagado solamente cinco pesetas, de las ciento cincuenta que le debe y que es lo que costó el traje. No tiene prisa en cobrar el resto merced a que su negocio le va dando buenos resultados, pero piensa que ya es pasarse de castaño oscuro abusando de su magnanidad.
Pedro Quisquilla Pardo es un tipo todo antitesis de su vecino, el sastre, casado con una mujer de fisonomía árabe pero que no es mora y que acostumbra a gastarse los cuartos que el marido lleva a casa en potingues y cremas para cuidar la piel. Pedro Quisquilla Pardo trabaja de porteador de agua que lleva en garrafas sujetas a una carretilla y que va vendiendo por las casas del Paseo del Recreo y que diariamente le reporta entre quince y veinte pesetas.
Pedro Quisquilla Pardo acaba de salir de su casa, después de “amarrarse” el mono azul con el que reparte agua, y al bajar las escaleras ha visto al odioso sastre que siempre le hace actuar como un delincuente escondido de la justicia. Está más que harto de esa situación pero comprende que se lo tiene ganado por no pagar lo que debería haber pagado según acordó con el vecino que acaba de bajar las escaleras.
Pedro Quisquilla Pardo va andando entre callejones y pasa por el Pasaje Ideal al Recinto Sur que resigue dirección a una casa de la calle del Molino, en cuyos bajos hay un pequeño almacén donde guarda su carretilla y las garrafas ahora vacías. Recorre tranquilamente y despacio la larga avenida que bordea el profundo precipicio sobre el mar, cruzándose con unas mujeres que acarrean cubos de un líquido del que Pedro Quisquilla Pardo no quiere saber nada y que arrojan sin más por el barranco, otras mujeres arrojan basura que sacan de unos cubos metálicos negruzcos y mugrientos, éste espectáculo diario le deprime un poco y por fin llega hasta su almacén y abre la cochambrosa y semi-destartalada puerta quitando el enorme candado de hierro ya enmohecido y se sienta en la única silla existente en el local, silla que está pidiendo a gritos una reparación que la salve de ser arrojada por el precipicio que da a la playa del Sarchal. Pedro Quisquilla Pardo espera pacientemente a que el camión-cuba le traiga el agua que deposita mediante una manguera de goma en cuatro barriles metálicos apoyados a medio metro del suelo en los correspondientes bancos de madera. Esos barriles, que utiliza Pedro Quisquilla Pardo, habían contenido antes petróleo que iba destinado a la refinería de San Amaro. Los obtuvo gratuitamente merced al favor de un conocido que trabaja en la factoría y que transportó uno a uno con su carretilla hasta el almacén. Los limpió cuidadosamente, bien bruñidos, les dio una capa de pintura antioxidante y encima dos capas de pintura especial contra humedad, esperó un tiempo antes de llenarlos de agua que comenzó a vender allá donde existía carencia del preciado e imprescindible líquido.
Tuvo suerte de que Antonio, el propietario de la tienda de ultramarinos que está un poco más abajo del cruce del Pasaje del Recreo con el Recinto Sur, a la derecha según se baja y justo al final de la cerrada curva, le adquiriera puntualmente cuatro garrafas de las seis que transporta cambiándolas por otras tantas vacías. Pronto pago desde el primer día en que comenzó el “negocio”. El resto del agua la vende a litros depositándola en envases que los vecinos portan y que pagan religiosamente como comprendiendo el esfuerzo que hace el aguador transportando tanto peso.
Normalmente, a las 10 de la mañana ya ha terminado el suministro y regresa al almacén donde deposita la carretilla y las garrafas.
Pedro Quisquilla Pardo suele dirigirse, cuando acaba el reparto del agua, a La Marina pasando siempre por la plaza Azcárate, donde compra un paquete de “Ideales” en el quiosco parejo al de la prensa y luego sus pasos se encaminan por Alfau hasta la empresa Baeza donde espera en la puerta de entrada a que venga don Jesús, el jefe, y preguntarle, después de darle los buenos días muy respetuosamente, si tiene algún trabajo para él. Invariablemente la respuesta de don Jesús es no. No se desanima Pedro Quisquilla Pardo ante esa cotidiana negativa y sonriendo le da las gracias y se dirige al bar del Pepón, un poco más allá de Baeza y se toma su vaso de vino tinto diario, única vez al día que lo toma, acompañado siempre de una suculenta tapa que varía cada día. Por veinticinco céntimos ya tiene el estómago caliente para toda la mañana. Cuando acaba su desayuno se larga a paso lento hacia el muelle de Alfau donde se sienta en un noray que encuentra libre de amarras y observa el ajetreo portuario. Alguna que otra vez se le acercan los marinos de las dos grandes lanchas guarda costas, que diariamente atracan en el muelle, y le dan palique sobre temas de la ciudad. De vez en cuando le piden favores, como que les eche las cartas al buzón de correos, que les compre tabaco o que les traiga alguna revista. Pedro Quisquilla Pardo asiente alegremente a sus peticiones, sabe que estarán unas horas en el muelle y luego partirán en cumplimiento de su deber. Suele acercarse al bar que está al final del muelle, cerca de la playa de San Amaro y adquirir todo lo que le encargan los marinos, a excepción de las revistas que suele adquirirlas en el único lugar donde las vende: el quiosco de la plaza Azcárate. Siempre regresa al punto de encuentro con los marinos y siempre entrega las vueltas con exactitud, recibiendo a cambio unas perras gordas de propina con lo que aumenta su peculio. Su colaboración ya es conocida por muchos de los marinos de barcos mercantes, sobre todo de los carboneros y pequeños petroleros cuyos tripulantes no tienen tiempo para ir a la ciudad al tener que quedarse en los buques por imperativo superior. Pedro Quisquilla Pardo ha pensado repetidas veces en montar un chiringuito, donde vender chucherías y tabaco a los marineros, pero sabe que eso es imposible porque la autoridad portuaria lo habría barrido enseguida además de que necesitaría invertir un buen capital del que no dispone.

ESCRITOS DURANTE EL CAMINO (6)


Hermenegildo de la Hoz Barrera es militar de carrera, tiene unos 26 años y ya es capitán del ejército, ahora está destinado al cuartel de Regulares nº 3 de Hadú donde se encuentra muy a gusto.
Hermenegildo de la Hoz Barrera está casado con Pilar Contini Vázquez, mujer ceutí de fuerte carácter heredado de su padre -un italiano que montó un negocio en la ciudad y se casó con una algecireña- y tiene dos hijos pequeños: Pablo y Lucía. Hermenegildo de la Hoz Barrera tiene un físico forjado en los largos entrenamientos y las agonizantes maniobras militares. No es alto, más bien de estatura mediana y siempre está sudando dentro de su uniforme en el que destaca una medalla prendida sobre el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta. A su mujer siempre le pide que calce zapatos planos, porque le sobresale unos centímetros cuando se pone los zapatos de tacón de aguja y no le agrada. Es muy conocido en la ciudad, tiene dos hermanas bastante populares una de las cuales regenta el estanco de la calle Real, cerca de la Maestranza.
Hermenegildo de la Hoz Barrera acostumbra a levantarse de la cama a las 6:00 de la mañana y recorre el huerto de la finca que tiene en usufructo y que pertenece al Ejército. La finca se encuentra más cerca del principio de la carretera del Serrallo casi en su confluencia con la actual calle Capitán Claudio Vázquez, poco más allá de la bifurcación que lleva a la barriada del Príncipe Ildefonso y dispone de un gran huerto con árboles frutales que cuida con esmero dos marroquíes vecinos de la finca. El capitán tiene un asistente, Bartolomé Jiménez Peña, que le sirve en todo momento y cumple a rajatabla todas las órdenes que reci-be.
Bartolomé Jiménez Peña, Bartolo a secas, es un chaval de 22 años que cumple el servicio militar en la población. El sorteo de reclutamiento que se hizo en su pueblo natal, Villanueva del Arzobispo, le había dado un enorme disgusto. Su cerebro no asimila un servicio militar junto a los moros y fuera de la península. En el pueblo le han contado casos horribles de las guerras de África y de lo que son capaces los moros. El susto no se le despegó al pobre Bartolo hasta que comprobó con sus propios ojos que las cosas y la situación no son para tanto. Menos mal que su tío, el alcalde de Villanueva del Arzobispo, había hablado con el jefe del cuartel al que estaba destinado Bartolo Jiménez Peña y como resultado había sido derivado como asistente de un capitán.
Pilar Contini Vázquez se ha despertado, como todos los días, a causa del movimiento de la cama y del ruido del somier metálico que soporta un colchón de virutas de algodón mil veces sacudido. Su marido acaba de levantarse de la única manera en que suele hacerlo: saltando de la cama. A pesar de los cinco años que llevan casados, aún no se ha acostumbrado a ese movimiento que si al principio le resultaba divertido ahora la exaspera bastante. Suele volver a dormirse inmediatamente después de que su marido sale del dormitorio. Aún no se ha acostumbrado a ese enorme caserón que a veces la trae por la calle de la Amargura cuando afuera sopla un poco de viento y arrastra un persistente polvillo de tierra y algunas hojas de los numerosos árboles que rodean la vivienda. El polvillo y pequeñas hojas o partes de otras hojas suelen colarse por las rendijas inferiores de las puertas hasta muy adentro de la casa. Las corrientes de aire circulan con demasiada frecuencia por toda la casa utilizando como coladeros las indicadas rendijas, los huecos de aireación y las chimeneas que utiliza, el aire, como salida de escape.
El caserón se encuentra ubicado en medio de un extenso campo distribuido en tres niveles perpendiculares a la carretera del Serrallo y totalmente rodeado por plantas de cañas, chumberas, árboles -chopos, higueras, alcornoques, olmos, perales, etc.- y, en mayor medida, arbustos. El primer nivel está ocupado por unas chozas de sendas familias moras y bastante descuidado salvo por algunos setos de plantas ornamentales y algunos arbolillos frutales tan humildes y tan poco frondosos que dan pena verlos. El segundo nivel, donde se asienta la casa, está a un metro sobre el primero. Desde el borde de éste nivel hasta la fachada hay un jardín muy bien diseñado y cuidadosamente plantado que ya estaba desde mucho antes de que pasaran a residir los actuales inquilinos. Encalados cantos redondos circunvalan algunos parterres, casi simétricos, expuestos a ambos lados; una pequeña fuentecilla adorna el parterre central sin mostrar lo que le da nombre: el chorrito de agua con el que toda fuente muestra su orgullo. En éstos parterres están plantadas rosas y jazmines sin capullos ni flores, no es época de florecimiento. Cierra el jardín, por los tres lados exteriores, una rústica valla de medio metro de altura formada por troncos de árboles. En el centro de ese terreno del segundo nivel está la casa, enorme caserón de construcción simple y tejado a dos aguas, con la puerta principal de acceso dando al jardín, varias ventanas la agujerean por los cuatro costados y por la parte trasera dispone de dos puertas más. Una de ellas da a la cocina y corresponde a la entrada trasera del conjunto; la otra puerta da al sector llamado cuarto húmedo, donde se encuentra la lavandería y la caldera. El tercer nivel corresponde al huerto propiamente dicho, está a una altura superior al metro y medio y se accede a él a través de dos pasos abiertos en los terraplenes laterales. Este desnivel da al patio posterior de la casa, patio que no es más que un estrecho pasaje pavimentado con hormigón y que suele estar inundado los días de fuerte lluvia dejando un depósito temporal de barro y sedimentos vegetales que acostumbran a retirar los moros residentes por los contornos a cambio de unas pesetillas.
Pilar Contini Vázquez piensa, mientras su marido va vistiéndose, en los problemas domésticos que va a tener que solventar a lo largo del día, especialmente ahora porque al día siguiente vendrá la hermana de su marido, su cuñada Juana, acompañada por su marido Ángel, también militar, a pasar unos días con ellos. Pilar Contini Vázquez piensa en que ten-drá que enumerar a vieja Maruja, la cocinera y ama de llaves, la lista de compras que habrá que hacer; la disposición de las habitaciones para el alojamiento de los visitantes –que no invitados- y ordenar a las dos chicas árabes, Leila y Fátima, que limpien con esmero toda la casona, aparte de recoger la ropa recién lavada y tendida la tarde anterior en el huerto. Mientras medita sobre los platos que ha de preparar, su cerebro se va adormeciendo de nuevo. Un beso en los labios la vuelve a despertar.
- Buenos días, amor, descansa un poco más, ¡hasta luego!
- Mmmm,.. ¿Qué?, ¡ah!, buenos días y cuídate…
Pilar Contini Vázquez vuelve a dormirse inmediatamente.

Juana de la Hoz Barrera acaba de levantarse de la cama y corre al cuarto de baño para aliviar su vejiga a punto de reventar. Lleva unos días con ese problema que no se atreve a decirlo a su marido, Ángel del Moral Corrientes, el último parto -tienen cinco hijos- le resultó difícil y siente un fuerte y extraño dolor en su vientre. Aunque es una mujer fuerte físicamente no lo es moralmente y no es franca consigo misma y ni siquiera va al médico para que la consulte. Había estado muy apegada a su madre, María de los Ángeles, y había pasado la mayor parte de su juventud en el estanco que regentaban en la calle Real, cerca de la Maestranza de Ingenieros, hasta que conoció a un guapo teniente de Artillería que solía comprar cajetillas de “Chesterfield” con asidua frecuencia y acabó casándose y cuando destinaron al marido a Madrid pasó un largo período de angustia hasta que la melancolía de la nostalgia remitió un poco. Un año después murió la madre sumiéndola en una profunda depresión de la que aún no se recupera a pesar de que el matrimonio marcha bien y los hijos acarrean trabajo como para olvidarse.
Juana de la Hoz Barrera suspira aliviada al descargar la orina y se mira en el espejo. La mujer que tiene enfrente es una perfecta desconocida. Unas oscuras curvas marcan las ojeras bajo unos ojos preciosos, de color del jade un poco velados por los últimos rescoldos del sueño pasado, que recorren lentamente la espléndida cabellera oscura, como una noche sin luna, ahora desgreñada. Detecta unas aisladas canas entre la maraña de negro pelo y un asomo de sonrisa le curva la comisura derecha de la boca. Se asea meticulosamente, como hace todos los días, y colocándose la ajada bata de estar por casa se dirige al balcón de la sala de estar.
Juana de la Hoz Barrera abre totalmente hacía fuera las puertas del balcón que da a la calle Claudio Coello y mira al cielo aún oscuro pero sin nubes. Reza mentalmente un padrenuestro y retorna al interior del piso, dirigiéndose a la cocina para preparar el desayuno de su extensa familia. Hoy hará un desayuno especial, el matrimonio se va de viaje a la ciudad natal de ella donde piensan pasar unos días en casa de su hermano Hermenegildo. Está más que harta de Madrid. La capital se trae muchos quebraderos de cabeza, más que nada por su dimensión, y la irrita frecuentemente. Los mercados están muy lejos, las tiendas de comestible no siempre tienen todo lo que necesita y además están bastante alejadas de su domicilio, los colegios de sus dos hijas pequeñas están tan lejos que tiene suerte de que sea su marido el que las lleve en el coche, un viejo Simca, de paso al cuartel general del ejército donde está destinado ahora. Sus tres hijos mayores son mas emancipados: el mayor trabaja en el Banco de España –influencia del padre- y los dos menores van a la Universidad. Lo único bueno que tiene Madrid es el agua y por ello el mejor pan que ha comido en su vida. Frecuentemente siente nostalgia de su ciudad natal, de su playa de San Amaro a la que acudía diariamente, de las fiestas del Casino Militar allá por la calle Camoens y en el cerca-no cine Apolo, casi al lado del Casino, en las butacas de la platea pasaba buenos ratos con sus amigas Pili Y Merche divirtiéndose con los gritos y pataleos de la gente asentada en el gallinero.
Manuel Aparicio Correa anda Revellín abajo con destino a su trabajo. Es un hombre enjuto, flaquísimo y alto con una apariencia de alguien salido de una de esas películas de terror, siempre en blanco y negro, que proyectan en el cine Apolo. Acaba de cruzarse con Eduardo Gómez Cebollero, el guardia urbano, que se dirige con paso rápido a la plaza de África, como siempre y del que sabe que suele tomarse un café en “El Campanero” antes de empezar su ronda. Precisamente es en “El Campanero” donde Manuel Aparicio Correa trabaja, tiene suerte de que su jefe, el señor Gerardo, le haya designado el turno de la mañana. Antes, al empezar su relación laboral con el señor Gerardo, trabajaba en el turno de tarde y acababa muy tarde por culpa de esos corrillos de gente que se sientan en las negras sillas de las viejas mesas de mármol con patas de hierro forjado y pintadas de negro, piden un café y se pasan horas y horas hablando. En días de fiestas locales tenía que acabar, bien entrada la madrugada, después de limpiar las mesas y el suelo de toda clase de porquerías, untadas en su mayoría con restos de chocolate, y trozos de churros tirados o caídos accidentalmente. El poco civismo de la mayoría de esos ceutíes –Manuel Aparicio Correa es gaditano- le saca de quicio, con un poco de cuidado podían dejar sus porquerías encima de la mesa, así no tenía que pasarse la madrugada barriendo desde la acera hasta el fondo del local. Menos mal que el compañero del piso superior lo pasaba peor: encerrado en un espacio totalmente contaminado por un cóctel de humos, olores y sonidos tenía peor situación que la suya. Entre servir bebidas –subiendo y bajando las escaleras- aguantar los pestilentes cigarrillos de los clientes, oir el retumbar de las bolas del billar al chocar entre ellas en sus carambolas, los golpes provinentes de los futbolines de madera y hierro, algún que otro grito con comenta-rios soeces…, habría acabado con la paciencia y la “psíque” del gaditano.
Manuel Aparicio Correa acaba de llegar a la puerta de “El Campanero” y se dirige al cuar-tucho donde acostumbran a dejar, los empleados del bar, su indumentaria “callejera” para embutirse el uniforme correspondiente -que normalmente era la misma indumentaria “callejera”- consistente en pantalón negro y camisa blanca además de un delantal de un color gris con rayas negras finísimas. Anteriormente habían llevado unos mangos negros en los antebrazos que le daban aspecto de jugadores profesionales de póker, pero la antiestética imagen que daban esos uniformes de los camareros, hicieron meditar a los responsables sobre la conveniencia de un cambio que no fuera tan melodramáticamente llamativo. Manuel Aparicio Correa sale de nuevo a la calle con la intención de limpiar las mesas colocadas en la acera del polvillo mañanero, mira hacia la plaza del Puente Almina que comienza a mostrar su habitual estampa con el movimiento de gente hacía y desde el viejo mercado de abastos, cuyo exclusivo olor le inunda las narices. Divisa, a través de los arbustos de los jardines de San Sebastián, el movimiento que un negro petrolero está haciendo para atracar en el muelle de Poniente, muy cerca del farillo de la semicircular punta que configura la bocana del puerto, cuya luz verde centellea intermitentemente. Manuel Aparicio Correa se aventa inmediatamente, con las manos ayudado por el trapo de limpiar las mesas, el negro y pestilente humo que un renqueante autobús va escupiendo por su retorcido tubo de escape después de quemar el gasoil en su traqueteante motor. Es el primer autobús de la mañana que sube hacia la plaza Azcárate, lo conduce el Pedro Matoso. Mientras ve alejarse al vehículo nota que Perico “El Gafotas” se sienta en la silla de una de las mesas y comienza a recontar los cupones de la lotería de la Cruz Roja que pondrá a la venta, poco después de tomarse su café con leche habitual, a la entrada del mercado de abastos.