lunes, 30 de abril de 2007

ESCRITOS DURANTE EL CAMINO (3)


Evocando tiempos pretéritos. Los personajes son ficticios, la situación real.

Sara Borau Lagos es una mujer ya anciana, viuda de un sargento de la legión que murió en un tonto accidente de tráfico: se estampó con su moto contra una de las palmeras del Paseo de las Palmeras.
Sara Borau Lagos vive en una de esas casas de dos plantas, construidas en los años 50 por aquel organismo del yugo y las flechas, de la calle Sevilla. No ha tenido hijos y vive de su exigua pensión de viudedad, aunque a decir verdad le basta y sobra. Sale cada día de su casa a una hora fija, temprano, y encamina sus pasos a la plaza de Azcárate, en cuyo mercado suele adquirir las viandas para su cotidiano condumio. Toma siempre el atajo de la calle Sevilla con la calle Canalejas bajando las empinadas, resbaladizas y sucias escaleras. Suele coincidir con una bella mujer joven que sale del edificio sobre el que se empareda la escalera. Siempre le ha extrañado la característica de ese edificio: su escalera sobre la fachada, su escalera lateral del oscuro callejón y el acceso trasero. Sara Borau Lagos está más que harta de escaleras.
- Ahí va toda cimbreante – Sara Borau Lagos siente una sana envidia de la chica, sabe perfectamente que su propio cuerpo ya no es, desde hace mucho, lo que fue. Mientras sigue los pasos de la chica, que se aleja cada vez más, piensa en tiempos pasados y sobre la vida que ella misma ha tenido, como todos los días.

Eduardo Gómez Cebollero acaba de ser despertado por su tremenda mujer, Ana García Escudero. Eduardo Gómez Cebollero vive en un edificio de la calle Ramón y Cajal, cerca de la confluencia con Canalejas. Es guardia, guardia urbano de porra y casco, de esos de los de antes, muy conocido y respetado. Es un hombre de unos 45 años, de tipo medio, vulgar, un poco calvo, algo rechoncho por la parte que acostumbra a almacenar lo que traga, de piernas un poco zambas como si hubiera montado a caballo toda su vida, aunque no haya visto más caballos que los del ejército y eso de vez en cuando de manera muy espaciada.
Eduardo Gómez Cebollero mira con rabia a su corpulentamente obesa, desgreñada y maloliente esposa. Aunque en el fondo sabe que gracias a ella suele ser puntual en su presentación ante el jefe que le asigna las tareas del día. Mira con rabia a su media naranja, que en este caso es media sandía según le sale de las mientes, y se levanta perezosamente de la cama después de apartar las sábanas. Eduardo suele pasar su buena media hora aseándose, hurgándose las orejas y la nariz, limpiándose los dientes y los huecos de los ausentes con los restos de pasta “Colgate” que quedaban en el tubo de hojalata, afeitándose y luchando contra el erial que tiene como cabeza con su arma más poderosa pero a veces inútil: el peine. Eduardo Gómez Cebollero trata de arreglar los escasos cabellos que tiene de manera que tapen un poco los curvos desiertos de la coronilla y de la frente, separados por el milagroso oasis que se prolonga por ambos lados de las sienes y compuesto por ralos cabellos grisáceos con algunos pespuntes de pelos negros. Casi siempre tiene que claudicar y dejar que su calva sobresalga con todo el esplendor de una piel blanca en excesivo contraste con el resto de la cabeza. Cuando tiene ocasión y le sobra algunas pesetillas adquiere un tarrito pequeño de ese fijador verde y oloroso de textura muy parecida a la crema de membrillo con el que consigue “clavar” sus ralos pelos en las zonas despobladas a fuerza de plancharlos con el peine.
Eduardo Gómez Cebollero desayuna, lo que su mujer le ha preparado, sin prisas pero sin pausas. Toma su café, hecho con maltas molidas, con parsimonia mientras otea el horizonte desde el balcón de su casa. Horizonte que no es más que las casas y calles que rodean a la suya. Ve descender por la calle Canalejas a la chica que siempre le ha gustado y a la que conoce desde que ella comenzó a andar, aguarda a que la chica tome la redonda curva que la dirigirá, invariablemente, a la calle Real y mira embelesado las no menos redondas curvas de sus nalgas, aunque unos pasos más abajo pierde nitidez, esforzando su vista y vigilando a la vez que su señora no se asome y descubra el motivo por el que siempre toma el café en el balcón.
Eduardo Gómez Cebollero sale de su casa, vestido con su pulcro uniforme de guardia y con la porra debidamente introducida en la correspondiente funda sujeta al ancho cinturón. En el rellano se encuentra con don Manuel Alcántara Majahonda, el vecino del segundo segunda, encima mismo de su vivienda.
- Buenos días tenga Vd. don Eduardo
- Muy buenos los tenga, don Manuel
Bajan juntos las escaleras relativamente anchas y salen a la calle. Caminan emparejados un trecho Canalejas abajo hasta que llegan a la altura de la bodega Monóvar donde se introduce don Manuel después de despedirse del guardia con un hasta luego.

Don Manuel Alcántara Majahonda es un hombre apuesto, de unos 38 años, casado con una bella malagueña y padre de un chico de unos 12 años, Manolito. Con sus gafas de concha, su traje gris, su trato, su manera de hablar y andar, en fin todo su ser da a entender que es, por lo menos, maestro. Efectivamente es maestro, más aún, es el director y propietario de la escuela que está en la calle Sargento Mena y que tiene por denominación Nuestra Señora del Valle.
Don Manuel Alcántara Majahonda suele levantarse una hora y media antes que los demás inquilinos de la casa, se asea y espera a que su señora le sirva el desayuno cotidiano que consiste en un gran tazón de leche con trozos de pan. No toma café, lo aborrece.
Cuando sale de la casa suele encontrarse, después de bajar por las escaleras al siguiente piso, con el guardia que siempre recorre la calle Real y con el que charla de temas de actualidad y otros temas sacados de los periódicos del día anterior. Hay días en que don Manuel Alcántara Majahonda sale mucho antes. Esos días son los mejores, nada de compañía y mantiene su atención concentrada en la tarea que le espera en la escuela. No así cuando le acompaña el guardia a quién aprecia, pero que a veces se pone muy pesado con el tema municipal.
Don Manuel Alcántara Majahonda se acaba de despedir del guardia y entra en la bodega Monóvar donde su propietario el señor Marcelino, interrumpiendo la labor que lleva haciendo desde las 6 de la mañana, le entrega los dos paquetes de tabaco “Marlboro” que don Manuel suele fumar diariamente después de saludarle como siempre con un escueto “Hola Manolo”.
Don Manuel Alcántara Majahonda suele andar, hasta su escuela, por la calle Real hasta la plaza de los Reyes donde adquiere, en el quiosco de Bartolo, el único diario de la ciudad: “El Faro”, desciende luego por Millán Astray para girar por General Aranda hasta la calle donde se encuentra su escuela y a la que llega puntualmente a las 8:30. No abre sus puertas al alumnado hasta las 9:30.
Sara Borau Ramos acaba de llegar a la Plaza de Azcárate, se ha cruzado con un conocido guardia urbano al bajar el último tramo de Canalejas y cruzar la calle Real. Se acerca al quiosco ubicado en el lado derecho de la popular plaza según se ve desde la calle Real, quiosco regentado por Cristóbal semiparalítico de las piernas no se sabe porqué. Sara acostumbra a leer las portadas de los diarios y de las revistas, expuestas por todo el quiosco como ropa tendida para secar, sin tocarlos.
- ¡Buenos días, Sara!
- Buenos, don Cristóbal. ¿Qué tal su señora madre?
- Muy bien, ahora mismito está en Los Remedios como cada día.
- No falla ¿eh?, buena señora es.
- Y que lo diga sara, gracias.
Conversación efímera y banal que suele ocurrir cada día. El quiosquero sabe que Sara jamás le comprará nada, conoce la historia de su difunto marido como el que más. Todas, pero todas las noticias de prensa las lee sentado en la cómoda silla del interior del quiosco mientras va vendiendo los productos, variados productos, a los clientes de toda la vida y otros que no conoce de nada.
Cristóbal Buenacasa Ferrán es un hombre de unos 29 años, bastante alto y de semblante agradable. Recorre cada día, muy temprano, el camino que va de su casa en la calle del Teniente Pacheco hasta su quiosco. Invariablemente acompaña, cada día, a su anciana madre a la iglesia de Los Remedios subiendo la calle del Teniente Arrabal. Luego se encamina, ayudado por dos muletas, por la calle Real abajo, tomándose un café en el bar “El Nieto” y charla un rato con su propietario Ramón de temas de actualidad.
Cuando llega al quiosco paga una peseta al gitanillo que le guarda los periódicos y revistas que Rafa, el repartidor de prensa, deja amontonados delante de la puerta de acceso. El misterio de ese gitanillo, de unos diez años aparentemente, capaz de levantarse a tempranas horas y del que nadie, ni mucho menos Cristóbal, sabe nada ni de qué familia es, es mucho misterio. Pero ahí está, puntual como el que más y nadie se ha preocupado de preguntarle cosas de su vida, aunque por cierto más valía no hacerle preguntas porque, tenazmente, el gitanillo suele responder con un “¡a ti que te importa!”

ESCRITOS DURANTE EL CAMINO (2)


Evocando tiempos pretéritos. Los personajes son ficticios, la situación real.

José Sánchez Pedrero, Pepe “El Pescador” para todos, perdió su barco en uno de esos golpes desgraciados y tontos del destino. El oleaje de un día de fuerte levante había arrojado su pequeño barquito contra las rocas de la playa del Sarchal, muy cerca del punto donde se alza el actual depósito de aguas del Recinto Sur, poco más a la izquierda de la antigua cárcel de mujeres. Pese a la pericia que siempre tuvo en las artes de manejar su barco y lanzar las redes, no pudo evitar la hecatombe al calársele el pequeño motor Perkins y pese a los posteriores esfuerzos por arrancar de nuevo el motor, la hélice no consintió en mover-se.
José Sánchez Pedrero, Pepe “El Pescador”, tuvo la fortuna de salir ileso del incidente y en aquella nefasta ocasión sólo le acompañaba Mohamed, uno de los marroquíes que se salvó por los pelos, nunca mejor dicho, pelos que agarraron las fuertes manos de Pepe “El Pescador” sacándolo de las turbulentas aguas antes de que el joven moro se destrozara contra las rocas. Desde entonces Mohamed le tiene un especial aprecio que resulta difícil expresarlo aquí. Mohamed Hiddrissi es un hombre de complexión delgada pero muy nervuda, como de unos 22 años, de 1,65 m de estatura y residente en la barriada del Príncipe Alfonso, en la casa de un tío suyo. Aunque no tiene papeles legales, sólo el pasaporte marroquí, nunca ha sido molestado por las autoridades ceutíes. En parte porque es buena persona y en parte porque nunca hace alardes de que existe. El otro joven marroquí, Mustafá Bouz, no había llegado a la hora de la cita por lo que zarparon sin él. La única pega que tiene Pepe “El Pescador” de sus dos ayudantes es el tiempo que dedican a la oración. En varias ocasiones se le ha pasado por la mente pegarles sendos puntapiés en el trasero, mientras se encontraban de rodillas cara a donde siempre se dirigen los musulmanes, y mandarlos a hacer gárgaras al fondo de la bahía sur, pero siempre se ha refrenado a tiempo en esas explosiones momentáneas de ira.
José Sánchez Pedrero, Pepe “El Pescador”, rememora aquellos tiempos en que surcaba las espléndidas aguas de Mediterráneo, siempre en la bahía sur, saliendo del recoleto y pequeño puerto de pescadores ubicado a la sombra del malecón del Paseo de las Palmeras y del muelle de España, con un coqueto y cortito dique y recorriendo el foso de las murallas reales para salir al otro lado de la ciudad. Solía dejar el barquito fondeado dentro del pequeño espacio, muy cerca del Club de Actividades Subacuáticas y regresar a tierra en la barca que acostumbraba a recoger a los pescadores que regresaban…
-¡Peeeepeeee!, ¡Buenos días tengas, a la paz de Dios!-
La primera llamada, la primera salutación y exposición verbal del contenido de la carretilla, la primera venta del día…
María Sarmiento de Páez, señora bien avenida, viuda de don Genaro vive en el primero segunda del primer portal de la calle de La Legión a la derecha según se sube. Es una mujer ya entrada en años, de cuerpo bastante rollizo, siempre muy bien peinada y enjoyada. María Sarmiento de Páez es viuda, su difunto marido, que se llamó en vida Celestino Bernardez Miranda, había fallecido años atrás de un infarto mientras observaba la arribada de un crucero turístico, allá por el muelle de Poniente. Celestino Bernardez Miranda era un pasante del prestigioso bufete de abogados Meléndez-Martínez cuyo despacho se encuentra en el edificio Trujillo, encima del Centro de Hijos de Ceuta.
María Sarmiento de Páez acostumbra a ser la primera clienta de Pepe “El Pescador” y si alguna vez se le adelanta alguien, toma tal berrinche que no adquiere pescado hasta el día siguiente y si ese día siguiente alguien se le adelanta de nuevo, vuelve a repetirse la escena del berrinche. A veces queda semanas enteras sin adquirir pescado por ese motivo, pero nunca, nunca se enfada con Pepe “El Pescador” cosa extraña. Pepe “El Pescador” ya está acostumbrado a ello y siempre tiene la excusa de que necesita desprenderse de la pesca lo más pronto posible por razones de salubridad, cosa que convence enseguida a la irascible señora, pero que no cede en su empeño de no comprar en segunda posición, siempre quiere ser la primera en catar el contenido de la rebosante carretilla.
A partir de ahí, venda o no venda a la señora Sarmiento, Pepe “El Pescador” va vendiendo a las amas de casa del resto de viviendas de la calle de La Legión que van saliendo y que adquieren tantos o cuantos para su satisfacción y formando luego corrillos cotorráqueos, durante una media hora, donde las murmuraciones dañinas campean llanamente. La única vez que Pepe “El Pescador” abandona su carretilla en medio de la calle es cuando llega a la altura de una casa de una planta, en mitad exacta a la derecha de ese tramo, según se sube, de la calle de La Legión entre La Marina y la calle del Teniente Pacheco. Pepe “El Pescador” siente mucho respeto por doña Josefina, la propietaria de esa vivienda, y siempre le ofrece el mejor pescado de la carretilla y que doña Josefina adquiere sin inmutarse y sin dejarse ver. Día a día sube los dos escalones de acceso a la entrada principal de la vivienda y tras pulsar por tres veces el timbre de la puerta, la empuja, entra en el recibidor que siem-pre está en penumbra, de atmósfera límpida y fría y deposita el pescado en una bandeja colocada en una mesita que ni colocada ex profeso. Y como siempre, encuentra el dinero justo en el mismo lugar donde deja el pescado. Invariablemente. Nadie sabe a ciencia cierta el porqué de esa actitud. Las malas lenguas dejan mucho que desear para expresar, ni siquiera, lo más mínimo de lo que murmuran. Ninguna otra vecina ha conseguido ese trato por parte de Pepe “El Pescador” aunque se lo pidieran de rodillas o rogándole que se lo llevara a su piso por estar enfermas.
Poco antes de alcanzar la esquina con Teniente Pacheco, cerca de la tienda de ultramarinos y bar a la vez del Leoncio, Pepe “El Pescador” se cruza con Guadalupe Corral Sarmiento.
-¡Guaaapa!, mis ojos se vuelven más azules cada vez que te ven y superan con creces el brillo del farito de la Puntilla.
-Gracias, Pepe. ¡Buenos días!
Pepe “El Pescador” es un incorregible maestro del piropo, aunque a decir verdad solamente los suelta a las mujeres que conoce de toda la vida. Con las desconocidas se limita a mirarlas con ojos de experto en arte corporal y con movimientos de cabeza las deja pasar. Cuando Pepe “El Pescador” mueve afirmativamente la cabeza quiere indicar que la desconocida mujer está buena, en caso contrario la encuentra normalita, nunca expresa desagrado por ninguna mujer, a todas las encuentra bellas dentro de las propias limitaciones del concepto de belleza que el supuestamente experto piropeador tiene como bagage. Su co-lección de piropos propios y ajenos es incalculable.
Guadalupe Corral Sarmiento es una bellísima mujer de unos 25 años, hija única de una hermana de María Sarmiento de Páez, con un cimbreante cuerpo de caderas y nalgas típicamente andaluzas. Luce una esplendorosa cabellera azabache en onduladas melenas que le llegan casi a la cintura, peinadas en primorosas cascadas que bajan por la bien proporcionada espalda y acarician sus redondos y bien torneados hombros en un suave vals acompasado por el vigoroso andar que las esbeltas y largas piernas de la mujer imprime.
Guadalupe Corral Sarmiento visita cada día a su tía María con quién toma el desayu-no que siempre le prepara la criada mora, por nombre Fátima -¿porqué será que la mayoría de las chachas moras se llaman Fátima?- antes de emprender la limpieza de la casa. El desayuno consiste, invariablemente, en media molleta untada con manteca margarina holandesa, de esas que se venden en paquetes de papel semitransparente, y un tazón endulzado de malta con leche que paga puntualmente la chica con una peseta.
Guadalupe Corral Sarmiento trabaja en la Casa Morrós, justo al lado de la casa de su tía, en La Marina esquina con La Legión. Ella siempre miente a su familia diciendo que trabaja como administrativa, pero lo cierto es que trabaja como moza de almacén y se encarga de distribuir los pedidos en grupos. Guadalupe Corral Sarmiento trabaja de lunes a viernes, de ocho a una y de cuatro a ocho y los sábados de ocho a dos, recorre siempre una ruta que cualquier día podría seguir con los ojos vendados. Vive con sus padres en la calle Canalejas, en un edificio de dos plantas un poco estrafalario: a la primera planta en la que vive la familia Casas Lorán se accede por una escalera exterior en fachada y a la segunda planta, que es donde vive la familia Corral Sarmiento, se sube por otra escalera ubicada en el lateral izquierdo del extraño bloque según se mira de frente y que corresponde a un callejón que ataja la calle Canalejas con la de Sevilla y se accede por la parte trasera del edificio…

domingo, 29 de abril de 2007

ESCRITOS DURANTE EL CAMINO (1)


Evocando tiempos pretéritos. Los personajes son ficticios, la situación real.

Tomás Gómez Arévalo vive en un tercer piso del edificio de la esquina norte de las calles Teniente Arrabal y Teniente Pacheco, aunque en realidad no vive en la esquina sino en el otro extremo. Su vivienda está en un nivel medio entre los pisos segundo y tercero del edificio colindante en fachada principal y dispone de tres balcones a la calle, no tiene más visión del horizonte que la casa de enfrente donde se ubica la pensión Charo.
Tomás Gómez Arévalo es un hombre como de 35 años, regordete, de abundante pe-lambrera ondulada y negra como el azabache, funcionario del Instituto Nacional de Previsión, el de la calle Real. Tiene un perro dálmata al que llama “Stroncio”, no se sabe porqué.
Tomás Gómez Arévalo baja todos los días, puntualmente a las 7:00 de la mañana haga frío o calor, a la calle acompañando a su perro para que éste haga sus necesidades. Necesidades que pulcramente limpia allá donde caiga, excepto el líquido elemento expulsado por la vejiga canina, con un papel de esos de color marrón-tierra con los que se acostumbra a envolver las compras diarias y con el que recoge, siempre con cara de asco, los malo-lientes excrementos. Dónde lo deposita después es un misterio, pero lo cierto es que sigue el paseo sin portar la envuelta deposición.
Tomás Gómez Arévalo pasea a su perro durante una hora con un recorrido invariablemente fijo: calle Teniente Pacheco, Teniente Arrabal arriba –el can se detiene irremediablemente ante la puerta del taller de zapatero remendón Manolo para soltar su chorrito diario- , Fernández, bajada por La Legión –en donde ante uno de los portales que da a un estrecho y largo patio interior suele depositar su carga el “Stroncio”- hasta La Marina que recorre justo hasta donde está Baeza, luego sube por Alfau donde el dálmata, invariablemente, levanta una cacofonía de ladridos haciendo dúo con un pastor alemán asomado a uno de los balcones, despertando y fastidiando a los vecinos, para continuar por Mendoza y, después de forzar al perro para que salga del viejo patio de un ruinoso edificio de la calle Teniente Arrabal donde indefectiblemente se cuela, regresar a la casa.
Tomás Gómez Arévalo baja de nuevo, todos los días a la misma hora 8:30, las esca-leras que terminan en un amplio vestíbulo y en cuyos remates, iniciales si se sube y finales si se baja, de las barandillas posan sendas bolas de hormigón, del tamaño de un balón de fútbol, como adorno escultórico y sale a la calle. Tomás Gómez Arévalo es un tipo metódico, bien trajeado –aunque el traje tenga unos años de más- pero de carácter huraño –como casi todos los funcionarios- y de pocos amigos. Encamina sus pasos a lo largo de la calle para luego subir por la acera contraria al descampado de la calle de La Legión, cruzar la calle Fernández y seguir por Agustina de Aragón hasta la calle Real donde, invariablemente, se dirige a la cafetería “La Campana” y se toma su acostumbrado desayuno de café con leche y churros sin tener necesitad de solicitarlo.
Don Antonio Carvajal del Prado es maestro, tiene una academia en la calle de La Legión a la derecha según se baja casi esquina a la Marina. Su esposa, Dolores Santolaria Nadelas, le acaba de preparar el desayuno que varía según el resto económico disponible de la familia, hoy le corresponde pan tostado y un plato de aceite de oliva, aceite de oliva como no se encuentra hoy en día, un aceite “comestible”, casi masticable, palpable con sabor y color auténticos. Dolores Santolaria Nadelas es una sacrificada mujer de fuerte composición aunque bajita cuyas recias piernas la hace mover por la casa como si estuviera desplazándose en una nube. Acaba de despertar a sus dos hijos Pepe y Manolo para quienes ha preparado el mismo desayuno que al cabeza de familia. Dolores Santolaria Nadelas es un poco filo-comunista: o todos lo mismo o todos nada.
Pepe Carvajal Santolaria es un chaval de unos dieciocho años que cursa estudios de grado superior en Granada, está ahora de vacaciones por una de esas decisiones del claustro de profesores de la Universidad granadina. Pepe Carvajal Santolaria está meditando entrar en la Transmediterránea como administrativo. Un tío suyo se encargará de enchufarlo, según cree, sin ningún problema. Las cosas no le están yendo bien en el aspecto económico. Sus padres están realizando tremendos esfuerzos para que siga estudiando pero la precariedad domina más que otras razones. Cree ciegamente salir adelante con sus estudios trabajando, quiere ser médico a toda costa pero no a la de sus sufridos padres.
Manolo, el pequeño de la familia es un chico de unos doce años que estudia bachillerato en la propia academia de su padre. Manolo Carvajal Santolaria tiene una orden irrevocable: en clase nunca debe llamar papá a Don Antonio, tiene que llamarlo y tratarlo como lo llaman y tratan todos los alumnos de la academia: sr. Maestro o Don Antonio. Aunque al principio le costó lo suyo, después de cinco años seguidos llamándole papá, ya está acostumbrado a ello hasta el punto que sigue llamándole Don Antonio en su propia casa o allá donde se encuentran. A su madre Dolores le hacia gracia al principio hasta que se cansó de ello, eso de oír Don Antonio aquí y allá a todas horas exaspera bastante, y tuvo una discusión con su marido que no llegó a mayores. Dolores Santolaria Nadelas, que es una mujer no muy agraciada físicamente pero tiene una belleza serena y muy mediterránea, sabe co-mo atajar su disgusto a tiempo.
La calle se va animando a medida de que pasan los minutos. Por la esquina de La Marina con La Legión ha aparecido José Sánchez Pedrero, Pepe “el pescador” para todos. José Sánchez Pedrero, Pepe “el pescador”, es un hombre de unos cincuenta años, con un eterno pantalón gris de algodón impecablemente limpio, alpargatas de lona un poco amarillentas con cordeles grises y camisa blanca a rayas azules permanentemente limpia, abierta a medio pecho mostrando una gris pelambrera y con las mangas arreboladas hasta la mitad de los antebrazos que terminaban en unas gruesas, recias y fuertes manos. La calva cabeza, siempre cubierta con su irrenunciablemente inseparable boina negra graciosamente encasquetada a modo de bonete cardenalicio, mostraba en la nuca y las sienes unos ralos cabellos prematuramente encanecidos.

José Sánchez Pedrero, Pepe “el pescador”, muestra, todos los días, su faz siempre bien afeitada mientras su boca diseña una abierta sonrisa que muestra unos dientes perfectos y blancos, postizos o verdaderamente suyos nadie lo sabe y nadie osó preguntárselo, y sus azules ojos mirando siempre directamente al interlocutor y escudriñando a la vez cada rincón de las casas en busca de sus fijas clientas. Es un hombre de carácter tranquilo que pasa de todo. Anda un poco encorvado, no porque tenga alguna tara física defecto de algu-na pasada enfermedad, sino porque agarra una carretilla de madera, cuya única rueda metá-lica produce un escalofriante ruido al rodar sobre los adoquines, carretilla plena de pequeñas cajas de madera llenas, a su vez, de todo tipo de cadáveres provinentes de la fauna marina “abrigados” por trozos de hielo que en otro momento del día eran parte de un hermoso bloque de un metro de largo por veinticinco centímetros cuadrados de grosor que conseguía adquirir en la fábrica de hielo del muelle de Poniente. Sardinas, boquerones, caballas, bonitos se distinguen perfectamente alineados en sus diferentes cajas. Algún pulpo despistado asoma sus tentáculos a través de las rendijas de esas cajas típicamente marineras mientras un grupo de almejas, mejillones y otros mariscos coronan el ya mítico medio de transporte del popular Pepe “el pescador”. Toda esa existencia pescada de la fauna marítima desaparecerá a lo largo de toda la mañana en el corto recorrido diario que el propio Pepe “el pesca-dor” se marcó al principio. Con esa venta le basta y sobra. No aspira a más.
José Sánchez Pedrero, Pepe “el pescador” había sido, tiempos atrás, patrón de su propio barco pesquero. Había tenido a dos marroquíes como empleados e ineludiblemente faenaban en aguas limítrofes con Marruecos por la bahía sur y nunca había tenido problemas con los guardacostas, ni marroquíes ni españoles, de los que es muy conocido…